QUIÉN ENCARCELÓ A OSWALDO ÁLVAREZ PAZ

Carlos Alberto Montaner



Oswaldo Álvarez Paz está preso en Caracas, pero la punta de la cadena se encuentra en La Habana. Lo tienen en un calabozo de la policía política, sin derecho a fianza. El asunto es muy grave. Se trata, tal vez, del político venezolano vivo más respetado fuera de su país. El clamor internacional contra este atropello ha sido enorme y el precio que paga el chavismo es muy alto. Hasta la Casa Blanca ha emitido un comunicado de protesta. A sus 67 años, este abogado de formación democristiana y bien ganada fama de hombre honrado, lo ha sido todo en Venezuela, menos Presidente. Dirigió la Cámara de Diputados, fue gobernador en Zulia, y en 1993 perdió las elecciones presidenciales por un escaso margen frente a Rafael Caldera, su ex mentor y correligionario.


La coartada para apresarlo es ridícula. Lo acusan de conspirar contra la seguridad de la nación, instigar a la desobediencia de la ley, difundir nformaciones falsas e instigar a delinquir. ¿En qué se basan? Según sus carceleros, en un popular programa de Globovisión dirigido por Leopoldo Castillo, Álvarez Paz comentó que la imagen del gobierno venezolano se ve seriamente empañada por los presuntos lazos con los narcoterroristas de las FARC y los terroristas de ETA, mientras el país se hunde en medio de la violencia asesina de los delincuentes, la corrupción de muchos funcionarios y la ineficiencia casi asombrosa del sector público. O sea, exactamente el cuadro que describen casi todos los organismos internacionales, que investiga el aparato judicial español y del que se quejan millones de venezolanos todos los días.

¿Por qué Hugo Chávez ha ordenado una medida tan estúpida? La respuesta acaso la dio Roger Noriega, ex embajador de Estados Unidos, gran
experto en América Latina y persona con acceso a informaciones que poca gente posee: por la denuncia que hizo Álvarez Paz contra la presencia en Venezuela del general Ramiro Valdés, texto en el que el líder democristiano, anunciaba la posible “llegada de tropas regulares de Cuba para reforzar la defensa de la revolución chavista”. Álvarez Paz tocó un nervio sensible.

En realidad, Oswaldo Álvarez Paz es un prisionero de los cubanos. En Venezuela manda el aparato de inteligencia radicado en el tercer piso
de la embajada castrista en Caracas. Desde hace años, Chávez llegó al convencimiento de que su permanencia en el poder depende del apoyo
cubano y se ha entregado de pies y manos a La Habana. Cuba es la metrópolis que manda y saquea, y Venezuela es la colonia que obedece y
paga.

Son los cubanos los que deciden a quién hay que apresar, a quién hay que intimidar y a quién es conveniente sacar del país. Son ellos los
que diseñan la estrategia político-policiaca de control social creciente. Son ellos los que espían a la oposición y a los militares y
funcionarios, los que les graban las conversaciones y los filman, los que compilan información comprometedora para neutralizarlos o chantajearlos. Son ellos los que marcan el ritmo de la creciente construcción de un estado totalitario más o menos calcado del modelo cubano soviético.

Hay asesores cubanos en todas las instituciones, pero la zona más sensible de la intervención es la que llevan a cabo en el Ejército y en la policía política. Simultáneamente, cientos de jóvenes venezolanos son formados en Cuba en las técnicas de represión social y control político que los cubanos aprendieron del KGB y de la Stasi alemana. El adiestramiento dura de seis meses a un año y a ellos les corresponderá la tarea de administrar el Estado totalitario una vez que se haya completado la fabricación de la jaula.

El gobierno cubano está decidido a acelerar el proceso de creación del Estado totalitario. Chávez está de acuerdo. Las informaciones transmitidas por los agentes cubanos  a los Castro indican que se desmorona rápidamente el apoyo popular a Chávez. Si las elecciones parciales de septiembre fueran veraces y transparentes las perdería estrepitosamente. La sugerencia cubana es “profundizar rápidamente la revolución”, lo que implica eliminar los vestigios de democracia y libertad que subsisten en el país. Incluso, es posible que busquen algún pretexto para suspender los comicios. Por eso detuvieron a Oswaldo Álvarez Paz. Era un estorbo para los planes cubanos.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Riña a Navajazos

Carlos A. Montaner

Los tres «laptops» de Raúl Reyes contienen indicios irrefutables de los delitos cometidos por los gobiernos de Venezuela y Ecuador. ¿Cuáles delitos? Varios. El más grave, complicidad en primer grado con bandas armadas dedicadas al asesinato, tráfico de drogas, secuestros, extorsión, robo y estupro, que es la denominación técnica de la violación de menores. Los más leves: financiamiento ilegal de campañas electorales, malversación, soborno y prevaricación, que es el deliberado incumplimiento de la legislación. ¿Qué códigos penales determinan que esos comportamientos constituyen delitos? Todos: los de Venezuela, Ecuador, y Colombia (que es el país víctima), y los acuerdos internacionales suscritos por los tres países en la OEA y la ONU.

La teoría de que los «laptops» del narcoterrorista muerto fueron manipulados por el Gobierno de Colombia es una estupidez. Cualquier experto en informática sabe que el correo remitido por medio de internet va dejando una serie de huellas indelebles en la red y en el propio programa que se utilizó para enviarlo. El examen de esas huellas es tan preciso como un análisis de ADN. Lo que registran las computadoras de Reyes es lo que el guerrillero escribió en las fechas en que aparece archivado en el disco duro. No hay manipulación ni error que no pueda ser descubierto.

Ante esta circunstancia, avalada por la Interpol, el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, cogido con las manos en la masa, esgrime un hábil truco dialéctico en su defensa que conocen muy bien los abogados criminalistas, aunque no ignoran su mínima eficacia: si vamos a dar por ciertas las palabras de Raúl Reyes cuando se comunica con otro terrorista, ¿por qué no lo vamos a creer cuando acusa al gobierno de Uribe de tener vínculos con los paramilitares y narcotraficantes? Por una razón muy sencilla: cuando Raúl Reyes acusa a su enemigo Uribe de ser narcotraficante o asesino tiene el clarísimo objetivo de desacreditarlo y de manipular a la opinión pública; cuando se comunica con un compañero de lucha, en cambio, su propósito es informarle cuidadosamente de ciertos asuntos importantes para la supervivencia de todos. El hecho de que una persona mienta una vez no quiere decir que mienta siempre. A Raúl Reyes le convenía mentir cuando hablaba de Uribe públicamente, pero no le convenía mentir cuando le hablaba privadamente a Tiro Fijo o a otro comandante de las andanzas de Chávez o de Correa.

Las consecuencias penales y políticas de los «laptops» de Raúl Reyes, en su momento, pudieran ser muy severas. Por acusaciones mucho menos graves hay dos ex presidentes (Jamil Mahuad y Abdalá Bucaram) y un vicepresidente (Alberto Dahik) ecuatorianos radicados en el exilio. El ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez fue separado de su cargo y se le condenó a arresto domiciliario por algo que ni siquiera constituía delito: la utilización de los fondos reservados de la presidencia para proteger al débil Gobierno de Violeta Chamorro, proceso, por cierto, que minó los fundamentos institucionales del país y contribuyó a abrirle la puerta al chavismo.

¿Por qué y cuándo fueron castigados estos políticos? Cuando perdieron claramente el favor de la opinión pública y dejaron expuesta su yugular a los colmillos de sus adversarios. Ya están, pues, sobre el tapete todos los elementos para predecir por dónde irán los tiros. Un día saldrá de la tumba el fantasma de Raúl Reyes como testigo virtual contra quienes fueron sus amigos. Así es la vida en este mundo bronco en el que la política es, realmente, una atroz riña a navajazos.

 
Ecuador, el socialismo del siglo XXI y el enfisema

Carlos Alberto Montaner

El flamante presidente ecuatoriano Rafael Correa se ha declarado discípulo de Hugo Chávez y se anota en ''el socialismo del siglo XXI''. Sin perder un minuto, va a convocar a una asamblea constituyente para desguazar el modelo republicano y eliminar su tradicional equilibrio de poderes. Se propone construir un tipo de Estado fuertemente centralista, dominado por el ejecutivo, intervencionista y proteccionista, en el que las empresas ''estratégicas'' formarán parte del sector público. Además de socialista, el señor Correa manifiesta ser nacionalista, indigenista y católico ferviente. No le gusta nada el comercio libre con Estados Unidos, piensa repudiar la deuda externa (algo que ya hizo Argentina impunemente en tiempos recientes), y tratará de unir el destino económico de su país al MERCOSUR.

Es muy probable que la mayoría de sus compatriotas lo acompañe en la aventura. Ecuador es un país en el que una parte sustancial de la población es muy pobre. La promesa de crear rápidamente una sociedad rica e igualitaria suele ser tremendamente seductora en ese tipo de atmósfera. La ausencia de amplios sectores sociales medios inevitablemente conduce a un diagnóstico falso, pero muy persuasivo: los pocos que acaparan la riqueza son los culpables de la miseria general de la sociedad. Súbitamente, los pobres cambian de nombre y comienzan a llamarse ''desposeídos''. Alguien les quitó lo que les pertenecía. En ese punto, la envidia y la rabia se trenzan y se transforman en un bosque de puños cerrados que saludan la llegada del socialismo.

El socialismo genera siempre la ilusión de la prosperidad express y el fin de la injusticia. La alegre familia populista cree conocer la fórmula del desarrollo precipitado. Es un aspecto de la fatal arrogancia de que habló Hayek. El señor Correa, además, estudió en Bélgica, en Lovaina, y allí cimentó su entusiasmo con la formidable maquinaria estatal del vecino francés. Francia cuenta con una especie de monstruoso mandarinato burocrático que funciona con bastante eficiencia aunque a un altísimo costo. No obstante, los franceses aprecian su sistema público de salud y de educación y, en general, no se quejan de los servicios que brinda el Estado. Correa cree que puede lograr unos resultados parecidos en Ecuador.

Lo probable, sin embargo, es que el experimento del señor Correa, como casi todas las maquinaciones socialistas, agraven severamente los problemas que aquejan al país. El Ecuador que va a construir no se parecerá a la opulenta Francia, sino al desastroso Perú de Velasco Alvarado, a la Argentina arruinada por Perón o a la Venezuela de estos días, en donde el número de pobres (y de crímenes) crece tanto como el precio del petróleo. En una sociedad castigada por la corrupción y la proverbial ineficiencia del Estado, es un contrasentido entregarle más recursos a la burocracia para que los malgaste o se los robe. En un país carente de capitales y con un debilísimo tejido empresarial, es un inmenso disparate ahuyentar las inversiones nacionales y extranjeras, y aumentar peligrosamente la presión fiscal.

¿Por qué los ecuatorianos (o los venezolanos y los bolivianos) no son capaces de aprender de la experiencia? ¿Por qué se enamoran del populismo autoritario venezolano, y no del exitoso modelo chileno? Más aún: si los ecuatorianos saben que el socialismo del siglo XX costó cien millones de muertos y retrasó a todos los países que lo padecieron en el terreno económico, ¿cómo se atreven a resucitarlo en el siglo XXI?

La explicación de esta irracionalidad tal vez haya que buscarla en una analogía psico-fisiológica. En la adolescencia, cuando los muchachos comienzan a fumar, el cigarrillo y la adicción a la nicotina les producen ciertos placeres momentáneos. En esa etapa, es inútil que un médico les explique que el cigarrillo conduce al cáncer o al enfisema, y que van a tener dificultades respiratorias que convertirán sus vidas en un atroz martirio. Esas advertencias son abstracciones o amenazas a muy largo plazo, que han escuchado un millón de veces, mientras que el cigarrillo humeante es una grata realidad de aquí y de ahora. Algo parecido sucede con el socialismo: es una droga agradable y aparentemente inocua a la que es muy fácil entregarse. Cuando descubres la verdad ya suele ser demasiado tarde.

Enero 21, 2007

 
 
Tropezar mil veces con la misma piedra

Carlos Alberto Montaner

América Latina retorna al pasado. Vuelve al estado-empresario que tanta felicidad les causa a los políticos demagogos y tanto despilfarro y atraso les trae a los pueblos. Quien inauguró esta tendencia retro fue el argentino Néstor Kirchner, pero luego lo han seguido con entusiasmo el boliviano Evo Morales y el venezolano Hugo Chávez. Es muy probable que el ecuatoriano Rafael Correa también lo intente tan pronto como ocupe su sillón presidencial. No sé que hará Daniel Ortega. Llega al poder en Nicaragua con un grado tal de debilidad que tal vez le ate las manos, al menos por cierto tiempo.

La idea central tras el estado-empresario es muy simple y está al alcance de cualquier formación política, sea o no socialista: supuestamente, existen algunas actividades “estratégicas” de primer orden que son demasiado importantes para dejarlas en las manos de empresarios codiciosos incapaces de velar por el bien común. Ése es el caso de la electricidad, las comunicaciones, el suministro de agua, la extracción y comercialización de combustibles, como sucede con el petróleo o el gas, y el transporte terrestre, aéreo y marítimo de personas y mercancías. En algunos países, como la muy democrática Costa Rica, durante mucho tiempo se pensó que la banca y los seguros también debían quedar en el ámbito del sector público. Posteriormente se corrigió ese innecesario disparate.

La primera alarma racional que despierta esta nueva ola estatizadora tiene que ver con el concepto de “actividad estratégica”. Si por ello se entiende todo lo que es vital para la supervivencia de las personas ¿por qué no estatizar cuanto tiene que ver con la producción y venta de alimentos, medicinas y ropas, elementos imprescindibles para mantener vivo al ser humano? ¿Qué puede haber más “estratégico” que las viviendas en las que nos protegemos de las inclemencias del tiempo? En ese caso, ¿por qué no dedicar también al Estado a fabricar y mantener nuestras casas?

Menudo error. Durante muchas décadas los latinoamericanos comprobaron hasta la desesperación el desastre de los estados-empresarios. En la Argentina estatista fundada por Perón, implacablemente continuada tras su desaparición, hasta finales de los años ochenta resultaba más fácil adquirir un gato con dos cabezas que una línea telefónica: a veces tardaban diez años en concederla. Las empresas estatales, en todas partes, eran sumamente corruptas, operaban con gran torpeza, se atrasaban en el terreno tecnológico, estaban repletas de trabajadores innecesarios empleados por razones políticas, sin atender a méritos personales, y arrojaban pérdidas que debían ser afrontadas mediante asignaciones especiales del presupuesto general de la nación. Eran, simplemente, negocios ruinosos y absurdos que enfurecían a clientes y usuarios mientras empobrecían progresivamente al conjunto de la población.

¿Por qué fracasaban las empresas estatales? Primero, porque se dirigían con criterios políticos clientelistas y no por métodos gerenciales racionales. Segundo, porque los precios se fijaban por razones electorales y no en función de los costos. Tercero, porque el Estado suprimía la competencia y con ella cualquier estímulo dirigido a mejorar la calidad de los bienes y servicios ofertados. Es verdad que los empresarios defienden sus intereses a capa y espada, pero en un mercado abierto y competitivo eso quiere decir que deben empeñarse incesantemente en producir mejores cosas y proponerlas a precios decrecientes, como se comprueba, por ejemplo, en el mundo de la comunicación: donde la competencia es libre, los costos de los teléfonos y de las tarifas son cada día más baratos.

Europa -que es en donde surgió y se afianzó la tendencia estatista del siglo XX acaudillada por Inglaterra, pues hubo otra muy antigua, francesa, del siglo XVII, impuesta por Jean-Baptiste Colbert, el padre del mercantilismo- hace años aprendió su lección, y hoy uno de los requisitos para formar parte de la Unión Europea, o para mantenerse dentro de ella, es privatizar las empresas públicas y alentar la competencia y el mercado, porque ya nadie tiene la menor duda de que el estado-empresario es el camino más directo para empobrecer a los pueblos, retrasar su desarrollo tecnológico, corromper aún al estamento político y envilecer las relaciones entre los electores y los partidos.

¿Por qué América Latina no es capaz de aprender de sus errores? La respuesta es muy descorazonadora. La vieja definición del idiota nos describe a alguien que repite veinte veces el mismo experimento con la esperanza de que alguna vez los resultados sean diferentes. Dentro de algunos meses, junto a Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa trataremos de explicarlo en un libro titulado El regreso del idiota. ¿Servirá para algo? Ojalá.

Enero 14, 2007

 
 
UNA NUEVA FASE DEL CHAVISMO

Carlos Alberto Montaner


Hugo Chávez se propone cerrar Radio Caracas-Televisión. No le renovará la licencia. La razón alegada por el gobierno es que esa empresa apoyó el confuso golpe de abril del 2002. Pero no es verdad. El coronel Arias Cárdenas respaldó el golpe apasionadamente, como puede comprobar cualquiera que se tome la molestia de buscar el video con sus declaraciones de entonces en youtube, y luego Chávez lo nombró embajador en Naciones Unidas

Lo que Chávez premia o castiga es el grado de sumisión a su egregia persona. No actúa por principios, sino por cálculos estratégicos. Si te arrodillas, te llena de honores y hasta te hace rico. Si te opones, te destruye. Es el ''plata o plomo'' de los narcos sudamericanos elevado a la categoría de política de Estado.

Tras ganar las elecciones de diciembre del 2006, Chávez se dispone a darle algunas vueltas a la tuerca autoritaria. A corto plazo es muy probable que busque formas de cerrar o doblegar a Globovisión y a los diarios El Universal y El Nacional. Como dispone a su antojo del sistema judicial y de la temida Hacienda, es posible golpear a estos medios imponiéndoles multas millonarias o inventándoles delitos fiscales. Sería una forma de recurrir al ''plomo''.

Pero acaso Chávez prefiera utilizar la ''plata''. Mediante unos amables testaferros, los hombres del presidente pueden adquirir los canales de comunicación de los enemigos con una buena tajada de petrodólares. Los propietarios entenderían el mensaje con cruel nitidez: o los venden o los pierden. Incluso, el precio podría sea alto. No es cuestión de dinero.

De la misma manera que para Chávez, por lo que se va conociendo, lo importante no son los procedimientos, sino los resultados, su compromiso ideológico también es difícil de precisar. Cambia con cada interlocutor o consejero que consigue situarse junto a su confusa cabecita.

En los noventa estaba bajo la influencia de Norberto Ceresole, un argentino fascista cercano a los manicomios libio e iraní que se enamoró del teniente coronel golpista y lo puso a leer El libro verde de Gadaffi, un galimatías dedicado a consagrar el odio a Occidente, al mercado y a la democracia. Luego, a partir de 1994, Fidel Castro lo tomó de la mano y de forma creciente lo desvió hacia el marxismo-leninismo y el antiamericanismo militante, hasta que juntos concibieron y parieron el ``socialismo del siglo XXI''.

¿Qué es eso? La convicción de que La Habana y Caracas sustituyen a Moscú en la tarea de liderar a la humanidad en dirección del paraíso. La tarea exige, por supuesto, poner fuera de combate a Estados Unidos, Europa, Japón, más otros pequeños inconvenientes, pero el primer paso consiste en conquistar América Latina.

¿Cómo lo van a lograr? Repitiendo el experimento venezolano: se llega al poder legítimamente por medios electorales y desde la cúspide se desmantela el Estado de Derecho mientras se ejecutan medidas populistas demagógicas y efectistas. ¿Para qué ese esfuerzo? Para implantar un régimen gloriosamente colectivista en el que, finalmente, todas las personas sean buenas, desinteresadas, odien el consumo de viles objetos materiales y adopten comportamientos dulcemente idealistas.

Curiosamente, donde Chávez está encontrando una mayor resistencia es en la fase venezolana de construcción del socialismo. Lanzó a bombo y platillo una reforma agraria y descubrió que en Venezuela no hay campesinos y que hace más de cuarenta años que la tierra se distribuyó. Pensó en estatizar las grandes empresas y advirtió que los cuadros chavistas se caracterizan por exhibir una incapacidad crónica para la gerencia. Todo lo que tocan lo corrompen, lo destruyen o lo arruinan.

Si mediante un decreto revolucionario Chávez nacionalizara las mil mayores empresas venezolanas, antes de 180 días todas tendrían que colgarse del presupuesto para sobrevivir porque habrían sido financieramente diezmadas. Y si Chávez, víctima de la legendaria incapacidad de su tribu política, no puede colectivizar la economía, ¿cómo continuará expresando su radicalismo revolucionario? Muy sencillo: en el terreno de la dictadura política: seguirá silenciando a sus opositores mediante plomo o plata. Radio Caracas Televisión es sólo el inicio.

 

Raúl se disfraza de Fidel

Carlos Alberto Montaner

Los primeros síntomas del gobierno de Raúl Castro no son alentadores. El 10 de diciembre pasado una turba organizada por la policía política y el partido comunista apaleó en las calles de La Habana a una minúscula manifestación de ciudadanos pacíficos que pretendían conmemorar el Día de los Derechos Humanos establecido por la ONU. Uno de los energúmenos del operativo policial, al que hay que agradecerle su franqueza ideológica, gritaba ''abajo los derechos humanos''. Nada nuevo: desde hace varias décadas vienen haciéndolo. El pogromo, aprendido de los nazis, es una de las estrategias para mantenerse en el poder: castigan a los que se atreven a protestar y, de paso, aterrorizan a la sociedad.

Pero, para entender la conducta de Raúl Castro, aún más elocuente que ese hecho monstruoso fue un inocente guateque infantil al que asistió pacientemente. El niño Elián --el balserito salvado y devuelto a Cuba-- cumplió año y allá fue Raúl a celebrar la ocasión escoltado por guardias, pasteles y croquetas. ¿Por qué acudió Rául Castro a esa fiestecilla insignificante y llevó las cámaras de la televisión a que dieran cuenta de ello? Por algo tan sencillo como patético: Raúl está tratando de hacer las cosas que hacía Fidel. No sólo lo está sustituyendo en sus cargos. También intenta imitar su comportamiento. Psicológicamente, no es Raúl el que gobierna con sus ideas y sus juicios propios. Es un artista del karaoke. Trata de ser su hermano. Se ha pegado unas barbas postizas y quiere ser Fidel bis.

¿Oportunismo? ¿Inseguridad? ¿Cálculo político? Todo eso junto. Pero es triste que esté copiando lo peor de su hermano. Durante casi medio siglo Fidel gobernó mediante el bochinche. Creaba conflictos artificiales, sacaba las gentes a las calles a desfilar en medio de unas estridentes protestas, y confiaba en que esas ceremonias de ira colectiva, orquestadas por el aparato de propaganda, galvanizaban a la sociedad tras su liderazgo. La revolución era esa gritería desagradable.

El caso de Elián es perfecto para entender esta estrategia. Una docena de personas intenta escapar de Cuba en una balsa. Entre ellas está una muchacha divorciada y su hijito de cuatro o cinco años. La acompaña su nuevo compañero. La balsa se vuelca. El niño y otras dos personas sobreviven milagrosamente. Unos tíos del niño, radicados en Miami, amorosamente, se hacen cargo de la criatura. El padre del niño, que en un primer momento estaba encantado con la acogida dada a Elián por parte de sus familiares exiliados --gente laboriosa y decente--, es presionado por las autoridades cubanas y reclama su custodia.

Ante este episodio, que no es más que un típico conflicto legal por la patria potestad sobre un menor, semejante a miles que se ventilan en los tribunales todos los días, Fidel Castro monta una operación publicitaria y durante un año la prensa local (y buena parte de la internacional) se dedica a examinar el problema. El país se está cayendo a pedazos, la productividad está por los suelos, hay graves problemas de nutrición, las cárceles están llenas de presos políticos y las calles inundadas de jóvenes prostitutas que se venden a los turistas para poder comer, pero Fidel ha convertido ''el caso Elián'' en el foco de atención. Ha creado el bochinche y saca las manifestaciones a las calles. Decenas de miles de cubanos desfilan bajo un sol asesino para pedir que les devuelvan a Elián. Mientras eso sucede, docenas de balseros de todas las edades continúan ahogándose en el estrecho de la Florida sin siquiera merecer el mínimo homenaje de una escueta mención periodística. Los castristas y los papanatas aseguran que Fidel es un genio de la política. Mientras tanto, Cuba se hunde en la idiotez y la miseria.

El modo fidelista de gobernar es ése: la algarabía, la incapacidad para organizar las prioridades, el gesto para la galería, la demagogia boba que esconde los problemas debajo de una montaña de consignas mitineras. Raúl quiere seguir tras esa huella. ¿Podrá hacerlo? A Fidel ese estilo bochinchero le resultaba natural. Es lo que comenzó a hacer en sus lejanos días universitarios, en la década de los cuarenta, y jamás superó su etapa adolescente. Se transformó en Peter Pan con barba y pistola. Ese uniforme a Raúl le queda mal. Se le ve que es de utilería.

Diciembre 17, 2006

 

 

Daniel Ortega y el peligroso camino del chavismo

Carlos Alberto Montaner

Madrid-- El señor Daniel Ortega muy pronto va a saber cuán difícil es tener y mantener un gobierno populista en estos tiempos en uno de los países más pobres de América Latina. Cuando se supo que había ganado las elecciones, llamé a una amiga américo-nicaragüense y le pregunté qué se proponía hacer. Su respuesta fue rápida y cortante: ''Primero voy a llorar, luego voy a sacar mi dinero del banco y trasladarlo a Miami''. Y es natural. Los españoles tienen un refrán que explica esa actitud: ''El que vive desconfiado es señal de que lo han fregado''. Naturalmente, no dicen fregado, pero creo que los periódicos rechazarían el lenguaje popular madrileño. A mi amiga y a su familia las fregaron severamente durante la década sandinista y no están dispuestas a reeditar esa experiencia.

Entre hoy y el 10 de enero de 2007, fecha del traspaso de poderes, miles de nicaragüenses, primero discretamente, luego con nerviosismo, sacarán su dinero de los bancos, los cambiarán en dólares, y trasladarán esos ahorros a otros destinos menos peligrosos. Otros cientos detendrán las inversiones previstas, mientras los inversionistas extranjeros señalarán un largo compás de espera antes de aterrizar con sus capitales, si es que alguna vez se atreven a llevarlos. No puede olvidarse que en la década de los ochenta el señor Ortega destruyó las plantaciones agrícolas, acabó con la ganadería y desató la hiperinflación más demoledora de la historia universal del dinero, semejante a la alemana de la república de Weimar, haciendo retroceder a la sociedad nica a los índices de producción y consumo de cuarenta años antes.

¿Qué va a hacer Daniel Ortega a partir de enero de 2007? Tiene dos caminos: uno es el de portarse bien y escribir con buena letra, continuando la política económica sensata de los tres gobiernos democráticos anteriores, lo que quiere decir gasto público limitado, impuestos aceptables, libre cambio de divisas e inflación bajo control. O sea, lo contrario de la receta neopopulista. El otro camino es intentar sumarse al ''socialismo del siglo XXI'' al que insistentemente lo convoca su ''hermano'' Hugo Chávez, ese caotizador continental, reivindicando de nuevo la bandera de la revolución y la lucha planetaria contra el imperialismo de los odiados yanquis, como decía el himno sandinista antes de que lo modificaran. Pero, ¿cómo internarse en esa selva peligrosa con el 60 por ciento del pueblo en contra, incluido el parlamento, sin recursos, y con una sociedad cuya infinita mayoría rechaza este cansado lenguaje de guerra fría?

El chavismo, incluso, posee una hoja de ruta con cinco pasos precisos: se ganan las elecciones, se convoca a una nueva constitución, se desmantelan las instituciones republicanas, se concentra todo el poder en el líder, y se le concede el control administrativo y empresarial al ejército y a los partidarios del gobierno. Eso hizo Hugo, eso intenta hacer Evo, y eso esperan en Caracas que haga Daniel. Todo esto, además, debe ocurrir en medio de denuncias ante un inminente desembarco de marines y fantasmales intentos de asesinato organizados por la CIA. Pero ¿cómo Ortega va a llevar a cabo esa colección de fechorías en el 2007, cuando, pese a su victoria pírrica, es el más detestado de los políticos nicaragüenses? Ni puede convocar a una nueva constitución, ni lo dejarán desmantelar las ya muy magulladas instituciones republicanas. ¿Qué puede hacer, entonces, para sumarse al chavismo? ¿Va a dar un golpe militar? ¿Va a volver a organizar turbas y milicias?

El pronóstico es muy negro. Daniel Ortega llega al poder con las manos revolucionarias firmemente atadas. No tiene cómo sumarse al chavismo sin generar un inmenso conflicto. Las clases vivas del país --los profesionales, el aparato productivo-- sospechan de él por su infame pasado y van actuar con gran cautela, mientras los extremistas radicales no pueden apoderarse de la dirección del país sin precipitar a Nicaragua en el caos. Lo probable, si intenta el camino del chavismo, es que en su momento ese nefasto experimento termine a la ecuatoriana: el presidente destituido por el Congreso. Puede suceder.

 

 
Los moribundos tercos

El sábado 28 de octubre Fidel Castro llamó a los corresponsales de CNN en La Habana para demostrar frente a las cámaras de televisión que estaba vivo. En realidad, casi demuestra lo contrario.

El espectáculo fue muy penoso: vimos a un anciano senil, con el rostro desencajado, que leía el diario con dificultades, decía tonterías en tono grave (''vivimos en un mundo muy complicado'') y caminaba como una momia escapada de la tumba en una película mexicana de Juan Orol.

Además, para probar que seguía al mando de la nave, notificó que estudiaba por televisión los serios conflictos del planeta y tomó el teléfono y simuló que llamaba a un subalterno. Esto, seamos objetivos, lo hizo bien. Se colocó el auricular en la oreja y el micrófono en la boca. No se equivocó.

Poco antes de conocerse el testimonio fílmico del pésimo estado de salud físico y mental del Comandante, el coronel Hugo Chávez, que no se ahorra una sola oportunidad de decir cosas disparatadas (¿será un siniestro agente de la CIA?), probablemente con la intención de animar a su amigo moribundo, afirmó que Fidel Castro es un incontrolable viejo verde (supongo que verde oliva) que enloquece frente a las bellas azafatas del avión presidencial y las ataca. Según Chávez, Fidel es un atacón, nombre con que en la jerga cuartelera de Venezuela se designa a los acosadores sexuales.

Chávez, claro, no señalaba este comportamiento con ánimo de censurarlo, sino con la mayor admiración. Pero ahí no terminaba la historia: tras revelar los espasmos de testosterona de Castro, Chávez agregó otra supuesta hazaña, esta sí evidentemente falsa: Fidel Castro --dijo--, ya recuperado, sale de noche a recorrer los pueblos de Cuba. Algo que no puede ser cierto: si Fidel Castro, en medio de la oscuridad, caminando y moviendo los brazos tal y como lo mostró la televisión, se le aparece a un cubano desprevenido, lo mata instantáneamente de un infarto.

Para Raúl Castro y el resto de los herederos de la dictadura, la terca insistencia de Fidel en seguir más o menos vivo, sin apartarse totalmente del poder, comienza a ser un grave problema. Durante los primeros tres meses del traspaso de autoridad --que ya transcurrieron-- para ellos era conveniente que el Comandante continuara respirando.

Eso le dio espacio, tiempo y sosiego a Raúl para ocupar las instituciones, colocar a su gente y comenzar a gobernar. Comprobó, además, que la ciudadanía no tiene la menor intención de lanzarse a las calles a protestar, y que en los cuarteles tampoco hubo nada que se pareciera a un ruido de sables.

Los temores principales, pues, quedaron descartados. Pero, a partir de este punto, Fidel Castro ya ha dejado de ser un ángel tutelar y se ha transformado en un inconveniente. No sólo porque hay que consultarle las decisiones más importantes (y hasta algunas insignificantes), pese a que su capacidad de raciocinio, que nunca fue excesiva, ha disminuido sustancialmente, sino porque toda la cúpula de poder tiene que tratar de descifrar qué es lo que haría o hubiera hecho el Comandante ante cualquier problema concreto.

En la historia contemporánea sólo recuerdo tres casos parecidos. El primero fue el del dictador portugués Antonio Oliveira Salazar. Comenzó a gobernar con mano de hierro e ideas fascistas en 1932, pero en 1968 se cayó de una silla y se dio un golpe en la cabeza que prácticamente lo descerebró.

No murió hasta 1970, pero inconsciente y en estado vegetativo, la inercia de su autoridad continuó gravitando sobre su sucesor, el pobre Marcello Caetano, impidiéndole efectuar las reformas que el país necesitaba con urgencia. En España, poco después, Francisco Franco, aunque ya era un hombre enfermo y sin reflejos, se negó a apartarse del poder hasta su muerte (1975), hecho que acaso de alguna forma contribuyera a acelerar la posterior descomposición del franquismo.

Pero acaso el más significativo de los episodios del fin de los dictadores tercos haya sido el del tunecino Habib Bourguiba. El creador de la República de Túnez (1957), declarado presidente vitalicio en 1975, enloqueció de viejo en el poder, hasta que en 1987 le colocaron una camisa de fuerza y se lo llevaron dando gritos de la casa de gobierno. Fue el primer golpe de Estado psiquiátrico que recoge la historia. Es posible que a Fidel Castro tengan que hacerle algo parecido. Es como el perro del hortelano. Ni gobierna ni deja gobernar.

lealo también en: www.firmaspress.com
 
La viscosa pasta ética de los electores latinoamericanos

No sé qué hace falta para que los latinoamericanos descalifiquen electoralmente a un político y lo rechacen en el plano moral. Los nicaragüenses están a punto de reelegir a Daniel Ortega, un personaje que comenzó su carrera revolucionaria asaltando un banco en 1967 y luego la coronó violando a Zoilamérica Narváez, su propia hijastra, desde que era una niña, infamia que cometía reiteradamente en la propia casa de gobierno, como me contó esta muchacha hace ya cierto tiempo con los ojos llenos de lágrimas y en un tono desgarradoramente melancólico que jamás olvidaré.

Además de esas horrendas fechorías, el señor Ortega está acusado de genocidio contra las minorías indígenas de su país ante los tribunales internacionales, y nadie en Nicaragua ignora que durante su gobierno hubo decenas de asesinatos políticos y se torturaba cruelmente en las cárceles, o que su presidencia acabó en 1990 en medio de un masivo acto de pillaje conocido como ''la piñata'', por el que una buena parte de la cúpula sandinista se adjudicó la propiedad de numerosos bienes previamente confiscados a sus legítimos propietarios. No obstante, en torno al 40% de los nicaragüenses quiere que vuelva a ocupar la primera magistratura del país. ¿De qué viscosa pasta ética están hechos estos electores?

En Venezuela sucede más o menos lo mismo. Grosso modo, la mitad de los venezolanos están dispuestos a apoyar al teniente coronel Hugo Chávez en su renovada apuesta electoral de diciembre. Muchos lo vienen haciendo desde que en 1992 este señor asaltó a tiros la casona presidencial con el propósito de matar al presidente legítimo del país e instaurar una dictadura militar. A fines de esa década, precisamente debido a esa repugnante acción, una mayoría de los venezolanos eligió a Hugo Chávez, quien a partir de ese momento comenzó a hacer toda clase de desmanes: cambió las leyes a su antojo, se apoderó de las instituciones, sus matones ametrallaron a manifestantes desarmados, amañó comicios, comenzó a utilizar los fondos públicos como su cuenta de banco particular y, de paso, para que no se olvidara que es él quien lleva los pantalones en casa, le dio una paliza a su mujer por la que hubo que hospitalizarla. Pero nada de eso parece descalificarlo ante una parte sustancial de la sociedad venezolana. Les da igual. ¿De qué viscosa pasta ética están hechos estos electores?

En Perú no parece ser diferente. El ingeniero Alberto Fujimori espera en Chile una próxima oportunidad de luchar por la presidencia y parece que un tercio de los votantes lo respaldaría. Para ellos carece de importancia la corrupción de Vladimiro Montesinos filmada en cientos de videos, las pruebas de los asesinatos en masa cometidos por el ejército en la lucha contra la subversión y el terrorismo y, naturalmente, el autogolpe con el que Fujimori en 1992 desmanteló la democracia peruana y puso las instituciones del país a su servicio personal. Insisto machaconamente en la pregunta: ¿de qué viscosa pasta ética están hechos estos electores?

La lista y los ejemplos pueden extenderse ad infinitum. El peronismo es una patología política que nunca ha tenido menos del 50% del respaldo entusiasta del electorado argentino. En Ecuador son legión los que respaldan al loco Abdalá Bucaram, en Uruguay los crímenes de los tupamaros jamás les han quitado un solo voto, en Brasil el presidente Lula continúa inmune a los escándalos sobre la corrupción de su gobierno, mientras que en Chile todavía son muchos los que añoran al general Augusto Pinochet, pese a las contundentes pruebas de su desprecio por la ley, sus violaciones de los derechos humanos y su inocultable costumbre de apoderarse de los bienes de la nación.

El problema, claro, es gravísimo, porque la estabilidad de un estado de derecho radica en los valores morales de la sociedad y no en la estructura jurídica que aparece consignada en la constitución. Los pueblos latinoamericanos no son víctimas de una clase dirigente empedernidamente corrupta, sino de su propia tolerancia con quienes violan las leyes y de su indiferencia ante la ruptura de las normas. El viejo dictum que establece que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen casi siempre encierra una amarga verdad. Si no nos importa elegir bribones no tenemos derecho a quejarnos.


Léalo también en: www.firmaspress.com
 
                                                      LOS LOCOS TAMBIÉN MATAN


Carlos Alberto Montaner

Hugo Chávez construirá 20 bases militares en Bolivia. Las bases estarán situadas en las cinco fronteras de que dispone el país: Chile, Perú, Paraguay, Argentina y Brasil.

Esas instalaciones quedarán bajo el control de militares venezolanos y cubanos en complicidad con los soldados bolivianos. Seguramente los cubanos tendrán pasaporte e identidad de Venezuela. No es fácil distinguirlos. Son parecidos hasta en las virtudes y defectos. El costo de los nuevos armamentos venezolanos ascenderá a treinta mil millones de dólares. Venezuela se ha convertido en el primer comprador internacional de armas y equipos militares.

El plan recoge un viejo sueño y una antigua concepción estratégica de Fidel Castro y Che Guevara: convertir a Bolivia, situada en el corazón de América Latina, en el bastión subversivo de Sudamérica. Esa convicción le costó la vida al Che en 1967. Es un país desde el que se puede desestabilizar toda la región andina alentando los conflictos étnicos. Es un país --pronto con bases adecuadas-- desde el que podrán operar los nuevos aviones de combate adquiridos por Chávez en Rusia.

Supongo que los chilenos, primer blanco en la mirilla del coronel venezolano dispuesto a ''bañarse en el mar boliviano'', habrán tomado nota del enorme peligro que a medio plazo se cierne sobre ellos.

Chávez, de acuerdo con Evo Morales, se propone seducir y reclutar a los bolivianos para su aventura revolucionaria mediante un gigantesco plan asistencialista que incluye tratamientos médicos, alfabetizació n y abundante comida.

Está seguro de que esa ayuda masiva demolerá cualquier suspicacia nacionalista. Ya es una figura muy apreciada por las masas bolivianas y lo será más aún en el futuro. Bolivia es el país más pobre del continente. Varios cientos de millones de dólares convenientemente repartidos --calcula Chávez-- pueden lograr el milagro de desatar la adhesión entusiasta de los más necesitados y la complicidad de los grupos radicales a la causa de la conquista redentora de América Latina para el socialismo del siglo XXI.

Lo que estamos contemplando es la consecuencia de una cierta visión delirante de la historia y de la realidad política planetaria. Hace meses, en diciembre pasado, lo explicó en Caracas el canciller cubano Felipe Pérez Roque y el mundo cometió la imbecilidad de no prestarle atención.

Fidel Castro y Hugo Chávez, que son dos personajes absolutamente mesiánicos, sin vestigios de prudencia ni sentido del límite, llegaron a la conclusión de que el marxismo había revivido tras la debacle que hace quince años puso fin a la URSS y a sus satélites europeos.

De donde derivaban la sagrada misión que ambos asumían con la responsabilidad y el entusiasmo de los cruzados: Caracas y La Habana llevarían sobre sus hombros la tarea de redimir a la humanidad cobardemente abandonada por Moscú.

Ese es el espeluznante cuadro que tenemos ante nuestros ojos: Caracas-La Habana, y ahora La Paz, son el nuevo Moscú, madre y padre del socialismo mundial. Y la tarea que se han asignado comienza por la conquista revolucionaria de Sudamérica y la instalación en todas estas naciones de gobiernos afines que colaboren en la batalla final contra ''el imperialismo' '.

¿Cuál es esa batalla? Obviamente, poner de rodillas a Estados Unidos y a sus despreciables acólitos europeos. Terminar para siempre con la explotación inicua del tercer mundo mediante la creación de una grandiosa civilización colectivista e igualitaria que reinará eternamente para gloria de la humanidad.

Sería un inmenso error descartar este proyecto de conquista sólo porque se trata de la descabellada locura de unos personajes que no tomaron Prozac a tiempo. El Tercer Reich de los nazis no era menos loco o absurdo y le costó al planeta cuarenta millones de muertos y el monstruoso Holocausto.

Cuba es una empobrecida isla del tercer mundo, hambreada y sin esperanzas, lo que no le impidió a su gobierno participar en exitosos golpes de Estado en Madagascar y en Yemen, o que sus tropas pelearan durante quince años en sangrientas guerras africanas, tanto en Angola como en Etiopía.

Chávez, con los petrodólares y el auxilio y la dirección de los cubanos, expertos y fogueados, está construyendo el mayor ejército de habla hispana: un millón doscientos mil hombres que tendrán a su disposición la más destructiva fuerza aérea de toda Sudamérica. Cuando ese aparato esté engrasado no vacilará en utilizarlo, como sucedió con las fuerzas armadas cubanas.

Una vez que el órgano esté disponible, inevitablemente se pondrá en funcionamiento. No importa que Chávez esté loco. Los locos también matan.
Octubre 15, 2006