| La ciudad y el diálogo
1 Desde hace tiempo, muchotiempo, incluso desde antes del arribo del proyecto bolivariano a los poderes centrales y locales, la mayoría de las ciudades venezolanas viven amenazadas por el caos urbano, la degradación ambiental, el crecimiento anárquico, la inseguridad y la violencia, el deterioro del mobiliario público, la gobernabilidad insuficiente y, sobre todo, lo más desesperanzador, la ausencia de visiones de futuro que le sirvan a los gobernantes y a los demás actores del tejido urbano para orientar sus acciones, grandes y pequeñas, en función de un mínimo de metas compartidas y establecidas con claridad. Como ha sido señalado hasta el hartazgo por los especialistas en el tema, viajamos a contracorriente de lo que hoy ocurre en muchas ciudades latinoamericanas que viven una etapa de renacimiento gracias a la iniciativa de gobiernos locales con alta capacidad política, técnica y gerencial, y la de alcaldes con persuasiva tenacidad intelectual, capaces de convocar pluralistamente el mayor número de voluntades disímiles para generar programas únicos de largo aliento y gran capacidad de inclusión. Todo lo contrario de lo que ocurre entre nosotros. En nuestras ciudades presenciamos el surgimiento de nuevos fenómeno de degradación –por ejemplo, el de la violencia delincuencial que se inició sin detenerse a finales de la década de 1980– junto al deterioro de espacios que alguna vez fueron modelo de urbanidad –pensemos en El Silencio o Sabana Grande en Caracas– dislocados hoy por la fuerza destructora de la informalidad que actúa como una bacteria voraz convirtiendo en ruinas precoces lo que hasta hace muy poco tiempo era espacio público democrático de primera calidad. 2 En un contexto semejantehay que valorar como un hecho potencialmente positivo que desde el Gobierno, es decir, desde la voz del Presidente de la República, y desde los gobiernos locales, en este caso la del alcalde metropolitano Juan Barreto, se esté retomando la preocupación por el destino de las ciudades y, particularmente, en el segundo caso, por el de la ciudad capital. No queda duda de que es lamentable que sea a partir de las decisiones personales del Presidente, de sus caprichos o creencias circunstanciales, que las autoridades locales clausuren o abran –al menos públicamente-las preocupaciones por las grandes transformaciones de la ciudad. También lo es que hayamos tenido que esperar largos años de gobierno para intentar corregir lo que desde el principio muchos estudiosos y activistas alertaron como un exabrupto mayor, las leyes que disolvieron la antigua gobernación del Distrito Federal y la manera como se creaba la Alcaldía Metropolitana. Y, sin embargo, el hecho de que desde el poder gubernamental se reabra el debate sobre el reordenamiento territorial de la ciudad capital, sus formas de gobierno y sus verdaderas dimensiones ofrecen una inmensa posibilidad para comenzar a constituir lo más importante para el futuro, una visión de conjunto y un programa de largo plazo que saque la gestión de ciudad del gesto incidental y la improvisación populista de sobrevivencia y la coloque en el terreno de las grandes intervenciones urbanísticas, económicas, culturales y ciudadanas que, ancladas en la participación social pluralista, han sido hasta ahora el único camino exitoso para las ciudades con futuro. 3 Pero el éxito o el fracaso delintento de emprender el gobierno de Caracas, o de cualquier otra ciudad venezolana, con un sentido de trascendencia que desborde el inmediatismo político electoral va a depender de la manera como se construyan esas visiones de futuro. La recuperación y desarrollo de ciudades tan disímiles como Barcelona, Porto Alegre o Bogotá, emprendidos por gobiernos de diversos programas ideológicos, se ha sustentado en la elaboración de planes estratégicos o instrumentos análogos o afines en cuya elaboración se apuntó a incluir –sin sectarismos– a lo más decisivo de las fuerzas de la ciudad y, de modo muy especial, a los sectores académicos, intelectuales y profesionales y a las diversos poderes locales que por sus oficios y responsabilidades reúnen entre sí extraordinarios bancos de ideas capaces de ofrecer una comprensión lo más certera posible de las urbes sobre las que se quiere operar. Nadie está ni plena ni suficientemente satisfecho con la Caracas del presente. Nadie, tampoco lo estaba con la del pasado inmediato. Desde los tiempos del Cuatricentenario, en los años 1960, hasta el presente se han producido innumerables estudios y diagnósticos, propuestas de reformas y transformación, foros, utopías y "sueños" seriamente documentados tratando de responder a la pregunta de cómo hacer de la capital una mejor ciudad, más gobernable y democrática, más eficiente en sus servicios, más tolerante en su convivencia y amable con sus habitantes. En los tiempos recientes en nada, o en poco, hemos avanzado. La pregunta sigue vigente. Si las autoridades oficiales del presente intentan responderla sin diálogo y confrontación abierta, sin recurrir y revisar esa vasta producción de conocimientos hoy dispersa, no sólo estarán dilapidando un capital intelectual en el que el Estado y la sociedad han invertido grandes energías sino que estarán reduciendo dramáticamente su capacidad de comprensión de un fenómeno -el urbano– que siempre es múltiple, elusivo, complejo y difícil de conducir sin saberes apropiados. Lo mismo vale para el sector académico, las asociaciones profesionales y los alcaldes, concejales y activistas de oposición. Tienen la obligación de hacerse oír, de intentar a toda fuerza que tanto los ciudadanos comunes como la élite gubernamental –negada sistemáticamente al diálogo y al debate, empeñada en demostrar que todo aquel que disiente no merece respeto ni atención–, escuchen otras voces, distintas, que llevan años de vida y esfuerzos tratando de buscar alternativas de ciudad y ciudadanía. Juan Nuño nos enseñó que si no existieran ciudades no existirían los individuos, es decir, los hombres libres. Los hombres libres se caracterizan por la capacidad para disentir y dirimir, pero también para llegar a arreglos. De lo contrario son fanáticos, es decir, víctimas de una superioridad moral que les impide llegar a un acuerdo con quien disiente. La ciudad existe, entre otras cosas, porque es el lugar donde la diversidad aprendió a convivir y tolerarse. La ciudad, para que no sea un territorio de guerra, tiene que entenderse como un lugar de solidaridades reglamentadas, sinergias y esfuerzos concertados, entre otras cosas, porque el espacio público es el espacio democrático por excelencia. El sectarismo, la discriminación, la negativa al diálogo es lo más antiurbano posible, la negación del Ágora y de la Polis. Hay que insistir en esas creencias aunque la realidad del presente, día a día, nos responda con una trompetilla.. ¿Quién pone la primera invitación a dialogar, no a imponer proyectos, sobre las ciudades venezolanas? |
VISUALIZANDO LAS DIFERENCIAS 1 Es prudente mirar con aten-ción el hecho de que uno de los más importantes eventos en la reciente toma de posesión de Rafael Correa, el nuevo presidente de Ecuador, haya sido precisamente una ceremonia indígena. Mirado de manera superficial, el asunto podría despacharse diciendo que se trata de una operación populista más entre las muchas que hemos venido presenciando de parte de una vasta gama de gobernantes latinoamericanos, incluidos Fujimori y Toledo, que han tratado de congraciarse en sus respectivos países con una población que llega a representar en algunos casos, como en Bolivia, más de la mitad del electorado y en otros, como Ecuador y Perú, una cifra nada despreciable que ronda alrededor de 30% de la población total. Pero si lo analizamos con mucho más cuidado y lo ponemos en una perspectiva histórica de largo plazo, encontraremos que en este acto de reconocimiento mutuo –el que hace el presidente Correa al mundo indígena ecuatoriano y, a la inversa, el que le hacen las organizaciones indígenas a Correa al otorgarle a un mestizo su bastón de mando– hay algo mucho más profundo, significativo y sólido que si no lo entendemos a cabalidad nos impedirá comprender hacia dónde marcha el conflicto y las preferencias políticas en nuestros países. Estamos hablando del creciente peso que han ido cobrando las circunstancias étnicas, las identidades de clase y, en general, las necesidades de reconocimiento de los sectores excluidos que van mucho más allá de las circunstancias laborales, las reivindicaciones salariales o las libertades democráticas que hasta hace muy poco eran el combustible fundamental de la lucha política. 2 Desde que el movimiento zapa-tista hizo su aparición en la escena pública mexicana –un acontecimiento que sacó de un largo mutismo a una población que oscila alrededor de los 20 millones de personas– hasta el presente, cuando organizaciones indígenas de Ecuador dan su apoyo y bendición a un presidente electo, pasando por el hecho de que en Bolivia por primera vez un aymara ha asumido la Presidencia de la República, las identidades indígenas se han convertido en un factor con peso específico, y en algunos casos decisivo, en la batalla política. Si los fundadores de las repúblicas independientes del siglo XIX pusieron el énfasis en el tema de la igualdad, en la idea de construir sociedades de ciudadanos libres con igualdad de derechos, los nuevos movimientos sociales contemporáneos lo están colocando en el tema de las diferencias, es decir, en aquello que en la práctica las élites criollas, en su mayoría blancas o mestizas, no quisieron ver: que nuestras naciones no estaban conformadas por iguales y que las diferencias étnicas y culturales generaban profundas brechas clasistas y prácticas discriminatorias que aunque no están consagradas en la ley han formado parte de la vida cotidiana convirtiendo de facto a una buena parte de la población en ciudadanos de segunda. No hay que hacer mucho esfuerzo para saber, por ejemplo, que los mayores índices de pobreza en países como México, Ecuador, Bolivia, Guatemala o Perú corresponden precisamente a los pueblos indígenas o que el fenotipo del éxito, la apariencia física aceptada y promovida, nada tiene que ver con el de una mayoría que es indígena o mestiza. No hay indígenas en las pasarelas, en las vallas publicitarias, en los altos niveles gerenciales de las empresas o entre los narradores de noticias de la televisión de estos países. De la misma manera que no hay negros, o sólo de excepción como en Xica Da Silva, en papeles protagónicos en las telenovelas brasileñas o como escasean las pieles oscuras en el certamen Miss Venezuela. Obviamente el esquema racista de la sociedad colonial, aquel que se basaba en un rígido sistema de castas asociadas al color de la piel, no fue abolido definitivamente en el momento de la Independencia y todavía hoy se percibe su herencia. De allí la importancia política que el tema ha adquirido. No es casual que en todas las nuevas constituciones aprobadas en las últimas dos décadas en los países andinos –las de Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela– se reconozca el carácter pluricultural y multiétnico de cada uno, se incluyan discriminaciones positivas para los pueblos indígenas e, incluso, para los afroamericanos y se reivindiquen diversos tipos de derechos ancestrales. Una vez que las identidades políticas consolidadas alrededor de los partidos policlasistas que construyeron la democracia y abrieron las primeras formas de participación políticas a obreros y campesinos –el APRA, AD o el PRI– se hicieron trizas, y que las diferencias sociales entre minorías pudientes y mayorías depauperadas han convertido a ambos bandos en mundos sin puntos de encuentro, la pertenencia de clase y la afiliación étnica se han convertido en nuevas forma de identidad y fuentes de nuevos liderazgos. Es lo que explica la emergencia de líderes como Hugo Chávez en Venezuela. No hay identidad popular en torno a un partido o a una doctrina pacientemente construida. A sus seguidores no les interesa el MVR ni el socialismo. La nueva identidad se forja en torno a un líder –un mesías carismático de origen popular–; la pertenencia a una condición de clase –la de la pobreza y la exclusión– o la apuesta a su favor; el rechazo a otra –la de los supuestamente privilegiados incluyendo las clases medias profesionales–; y, dos promesas básicas: una de castigo (a los privilegiados) y otra de redención (a los excluidos). Así de simple. En ese contexto, lo que bien conducido podría ser el combustible de avance hacia sociedades más justas y equitativas, puede ser también el origen de nuevas inequidades, formas de exclusión y fundamentalismos que conviertan a la democracia –en tanto forma de convivencia sustentada en la libertad y el control de los poderes por parte de la sociedad en su conjunto– en un asunto secundario supeditado a los principios retóricos de justicia e igualitarismo. No hay regreso. Las mayorías de los países andinos, con la excepción de Colombia donde la guerrilla introduce un elemento de distorsión, seguirán apostando a quienes encarnen, ya sea sincera ya retóricamente, su reivindicación étnica y de clase. Como en toda apuesta, los colectivos pueden ganar o perder. Ganarán, si sus reclamos son procesados de manera democrática apuntando a soluciones colectivas y participativas. Perderán si se aferran a las alternativas autoritarias, caudillescas, personalistas, fanáticas o fundamentalistas que, lo sabemos bien, conducen a sociedades menos plurales. En medio de esta tensión los sectores de oposición sólo tienen dos opciones: una, aislarse negándose a reconocer que estamos frente a países donde sus mayorías cambiaron y optan entusiastamente por liderazgos populares radicales aunque sea pagando el precio del autoritarismo y; otra, aprender a discriminar entre esos liderazgos autoritarios y las justas exigencias populares, las nuevas voces que reclaman un trato distinto, más digno y respetuoso, menos utilitario, excluyente y pragmático al cual sólo se accede a través de una comunión de nuevo tipo que obliga a repensar y reconstruir los modos de entender el poder, la economía y las relaciones sociales que hasta ahora habíamos aceptado como camino único. |
Muro de contención Una semana después de haberse realizado las elecciones presidenciales del domingo 3 de diciembre, se puede afirmar con toda propiedad que el escenario político del país que comenzó a vislumbrarse en las elecciones de 1993 –cuando el bipartidismo dejó de ser mayoría–, y que adquirió un sentido inesperado en las elecciones de 1998 –cuando la clase política tradicional fue abruptamente sustituida por la nueva élite chavista–, ha terminado de cobrar forma, tanto en lo que respecta a la fuerza hegemónica, como en lo que alude a su oposición. Atentos a los resultados definitivos, al tipo de respuestas que hemos presenciado desde el día mismo de las elecciones y a las nuevas figuras que ahora copan el liderazgo en la oposición, es posible decir que una nueva cartografía política ha echado a andar en el país. La preeminencia del proyecto bolivariano consolidando la que sin duda es una nueva identidad política que viene a sustituir a la "adequidad" que se inició en 1945, ha quedado nítidamente ratificada. Y sus rasgos más visibles, como el de ser un proyecto sustentado en un liderazgo personalista y mesiánico, con un fuerte componente redentorista, autoritario, militarista y de culto a la personalidad, han sido también ratificados en el discurso realizado por el presidente Chávez desde el "balcón de Miraflores" en donde oficia, cada cierto tiempo, la puesta en escena del ritual que celebra la triada ceresoleana ejército-caudillo-pueblo. De otra parte, la transición de Manuel Rosales, quien ha pasado de ser candidato de la unidad a indiscutible líder de las fuerzas opositoras, ha quedado sellada desde el momento en que responsablemente, y a contracorriente de lo que trataban de imponerle muchos de los presentes en su comando de campaña, hizo público su reconocimiento al triunfo del presidente Chávez. Esto es, desde el momento mismo en que reconoció que las cifras de votos emitidas por el Consejo Nacional Electoral eran las que realmente habían emitido los electores del país, que las auditorías de las urnas seguidas por 33.000 testigos de su comando no habían demostrado fraude alguno y que, por tanto, aceptaba resignado los resultados del árbitro electoral. Independientemente de nuestros gustos personales, el país que votó expresó una clara señal. Como no había ocurrido antes en ningún otro lugar de América Latina, ni siquiera en Perú donde el APRA ha retornado triunfante y en México donde el PRI se mantiene con vida, los partidos fundacionales de la democracia, Acción Democrática y Copei, junto a los renovadores de las décadas 70 y 80, La Causa R y el MAS, han quedado convertidos en minorías poco representativas a tal punto que, como dato simbólico, tendrán que inscribirse de nuevo en el Consejo Nacional Electoral. En cambio, tres movimientos nuevos, hijos de lo que podríamos llamar el posbipartidismo –el MVR, Un Nuevo Tiempo y Primero Justicia–, aparecen liderando el ranking de los votos emitidos para la elección presidencial. Mientras que, probablemente la única señal de continuidad, un grupo de pequeñas y medianas organizaciones, surgidas unas del seno del MAS y de La Causa R, como el PPT y Podemos; sobrevivientes otras del izquierdismo de los años 60, como el PCV y el MEP; o nacidas al calor del chavismo, como UPV, el movimiento de Lina Ron; siguen con vida gracias al portaviones chavista pero amenazadas por la inminencia del partido único y por el crecimiento exponencial del MVR que amenaza con devorarlos. Echados a un lado, sin vela en el entierro, autoexecrados del juego electoral, van quedando los dirigentes empeñados en promover la abstención o denunciar irresponsablemente un fraude que nunca terminan de demostrar. Son las fuerzas del pasado. No por casualidad sus cabezas visibles, Henry Ramos Allup y Oswaldo Álvarez Paz, son miembros de generaciones de AD y Copei a las que les ha correspondido conducir el suicidio, primero, y el entierro, después, de sus propios partidos, en otros tiempos tan poderosos. Como las mayorías lo reclamaban sin que la clase política tradicional hiciera algo para satisfacerlo, el país cambió radicalmente. Pero no lo hizo por los caminos a los que aspirábamos muchos demócratas que por décadas fustigamos a AD y Copei. No ha sido por la vía de la profundización de la democracia, la restricción del presidencialismo, el incremento de control y las autonomías de los poderes, el reforzamiento de la descentralización y la desconcentración, el aumento de la capacidad productiva para combatir la pobreza sin recurrir al paternalismo estatal, la superación del populismo y de todas las formas del mesianismo. No. La vía por la que el cambio se está produciendo ha sido exactamente la opuesta. La que inauguraron los tenientes coroneles aquella noche aciaga de 1992 en la que los demonios del militarismo, el golpismo y el voluntarismo salieron de nuevo a las calles de las capitales venezolanas. Una vía que nos retrotrae a un pasado nacional militarizante, a ideologías decimonónicas reforzadoras por el autoritarismo y a prédicas económicas rentistas y redistributivas que, como las del primer gobierno de Pérez, nos dejaran tan pobres como cuando empezaron a subir de nuevo los precios del petróleo. En cualquier país democrático en donde haya voluntad de convivencia política pacífica, el sólo gesto de reconocimiento del triunfo de Chávez por parte del candidato perdedor hubiese bastado para dar inicio a un nuevo tipo de relación entre gobierno y oposición basado en el diálogo, el respeto mutuo y el reconocimiento del carácter democrático del contendor. Pero no ha ido así, y seguramente no será así otra vez, en Venezuela. La nación esta rota y sigue polarizada, y a pesar de que las elecciones se hayan realizado en relativa paz y que muy pocas personas insisten en desconocer el resultado electoral, ha quedado la inocultable huella del ventajismo político oficial –sin dudas el más grande e impúdico en nuestra historia democrática– como un recuerdo de a arrogancia del poder y de su negativa a aceptar que una cosa es el Estado y otra el partido, una el proyecto político particular y otro el uso de los bienes que son de toda la nación. El sueño de tierra arrasada del oficialismo no se realizó. No hubo 10 millones de votos para el Presidente el pasado domingo 3. Hubo muchos votos rojos, es verdad, suficientes para pregonar un triunfo arrollador en casi todo el país. Pero el poco más de cuatro millones de votos obtenidos por Manuel Rosales en una campaña de apenas tres meses, amenazada por el fantasma del abstencionismo, la desconfianza profunda en el árbitro electoral y el miedo a la persecución oficial, hablan de un muro de contención, de un importante número de venezolanos que definitivamente y por razones diversas no están dispuestos a aceptar pasivamente ni ahora ni en el futuro el modelo de intolerancia, militarismo, captura de las instituciones y restricción de la institucionalidad democrática por el que han optado casi 60% de los venezolanos. Siguiendo aquel consejo de Simón Bolívar en Angostura, en 1819, cuando alertó con claridad que "nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder", por ahora la primera gran batalla es impedir la reelección indefinida movilizando a tiempo el muro de contención. |
| El comienzo del fin Unos meses atrás, en un encuentro internacional, le escuché decir a un alto funcionario del gobierno de Michelle Bachelet, un antiguo militante del Partido Socialista, una frase que todavía retumba en mi memoria. "En Chile", dijo con voz parsimoniosa, "sólo pudimos salir de Pinochet cuando dejamos de actuar desde la rabia, nos dimos cuenta de la magnitud de la tragedia que atravesaba la nación, y nos pusimos a hacer política serenamente y a largo plazo". Viene a colación la frase porque creo entrever en la manera como los diversos sectores de oposición han asumido la candidatura presidencial de Manuel Rosales, en el paulatino y sensato abandono de las posiciones abstencionista por parte de la suicida minoría de dirigentes en su mayoría asociados históricamente a Acción Democrática y Copei, y en la manera misma como el candidato zuliano ha ido asumiendo con entusiasmo y arrojo un liderazgo persuasivo y persistente en los cortos meses en los que se ha realizado la campaña electoral, una convicción análoga a la de los chilenos: sólo saldremos de Chávez y su proyecto populista, autoritario, antidemocrático, militarista, armamentista, segregacionista y belicista cuando comencemos a actuar desde un lugar distinto al de la rabia, la tozudez y la impaciencia. No es que piense que Chávez sea una réplica de Pinochet. Obviamente no lo es. Pero a estas alturas del proceso, cuando le hemos visto actuar por un espacio de ocho años desde la presidencia de la república, ya le conocemos lo suficientemente bien como para no tener duda alguna sobre el carácter eminentemente autoritario de su persona y su proyecto político y sobre la amenaza que su continuidad en el poder representa para la convivencia pacífica, la vida democrática y la estabilidad política de la nación. Sólo un militante chavista víctima de la autohipnosis puede pensar lo contrario. Quien vote por Chávez, si no quiere pasar por hipócrita o por ingenuo, debería tener claro que está votando, primero, por un autócrata que --según el mismo lo ha declarado sin pudor alguno-aspira a reformar la Constitución para gobernar como Juan Vicente Gómez hasta 2026. En segundo lugar, por un concentrador del poder que, siguiendo los más anacrónicos manuales del peor marxismo estalinista, ha propuesto -también pública e impúdicamente-la tesis de la creación del partido único, ante la cual ninguno de sus seguidores, salvo que se sepa Rigoberto Lanz, ha expuesto la más mínima disidencia. Y, en tercer lugar, por un hombre que ha degradado las fuerzas armadas convirtiéndolas --como también lo confesó en los días de la polémica por el discurso proselitista del ministro Ramírez en Pdvsa-en un apéndice del proyecto político bolivariano y no en la fuerza de seguridad de la nación. El problema con Chávez no es que esté a la cabeza de un mal gobierno, que lo está. Pero malos gobiernos hemos tenido a montones y el país nunca estuvo en la zozobra del presente. El problema con Chávez es que estamos ante un proyecto político que no contempla ni remotamente la posibilidad de la alternancia. Que como el programa del general Marcos Pérez Jiménez, se ha fijado metas de continuidad en el poder a partir de la creencia -de nuevo la autohipnosis-de que las grandes metas de transformación del país sólo podrán alcanzarse si son dirigidas por el autócrata gobernando sin interrupción y sin disidencias por un mínimo plazo de tres décadas. Y esa sola idea es una amenaza para todos, incluyendo a sus seguidores. Desde esa perspectiva es que debemos calibrar el significado del momento político actual que podríamos calificar como "el comienzo del fin del chavismo". Cualquiera que sea el resultado definitivo de las elecciones del 3 de diciembre, gane Chávez o Rosales, estaremos frente a una derrota absoluta o relativa para el grupo en el poder. Entre otras cosas porque si Rosales gana las elecciones, que según las tendencias de opinión visibles en las encuestas es una posibilidad no tan remota, dada la actual coyuntura internacional, le resultará muy difícil a Chávez y su entorno negarse a entregar el poder. Pero si Chávez gana en buena ley, cosa que también, hay que aceptarlo, es posible, se tratará de una victoria pírrica pues quedará con plomo en el ala tanto por el reducido número de votos que obtendrá con relación a la publicitad meta de "diez millones por el buche" como por el elevado número de votos que, de confirmarse la tendencia de reducción del abstencionismo, obtendrá la candidatura de Rosales constituyéndose en una voluminosa fuerza que debe actuar de inmediato como muro de contención del proyecto autoritario. Y es allí donde las fuerzas democráticas del país --haciendo caso omiso del empecinamiento de la dirigencia adeca-deben concentrar toda su voluntad para convertir la intensa movilización electoral lograda alrededor de la figura unitaria de Manuel Rosales en una energía política más permanente que apunte a un tipo de militancia y de organización combativa, dedicada y, como anuncian los tiempos, sacrificada, capaz de hacer frente hasta derrotarla a la inmensa voluntad política y obsesión de poder que moviliza a Hugo Chávez y el proyecto bolivariano. Para que así suceda es prioritario que las fuerzas democráticas se deshagan de algunas creencias que hasta ahora no han hecho otra cosa que debilitar su acción y se apropien de otras que le han hecho mucha falta. La primera creencia que se debe abandonar es la de seguir pensando que los triunfos electorales del chavismo se deben a una trampa, que el proyecto bolivariano no tiene tantos seguidores como alardea y que si los tiene es porque "les pagan". No es cierto. Todas las mediciones muestran que, a pesar del reconocimiento popular de que el suyo es un mal gobierno, el presidente Chávez sigue gozando del aprecio de muchos venezolanos que encontraron en su figura carismática y, de alguna manera, religiosa, la esperanza de futuro que los largos años de frigidez e inocuidad gubernamental adecopeyana le habían hecho perder. La segunda a deshacernos, en consonancia con la anterior, es la de aceptar resignadamente la idea de que el chavismo es de los pobres y la oposición de la clase media y los ricos. Como muy bien lo ha demostrado con natural genialidad el alcalde Leopoldo López, la única manera de salir de Chávez no es confrontando críticamente su proyecto sino construyendo otro que resulte tan atractivo para los pobres y los excluidos, porque efectivamente los incluye y los expresa, que la relación clases sociales-proyecto político sea superada a través de un proyecto policlasista En ese contexto, para que la gesta electoral de Rosales, la evidencia de que las fuerzas opositoras pueden trabajar juntos en defensa de la democracia y la convivencia respetuosa entre los venezolanos, tenga sentido tendríamos que estar preparados, ya se gane ya se pierdan las elecciones, para convertir la actual fuerza electoral en un triunfo y en un activismo político incesante, indetenible, y por tanto inderrotable, que debe comenzar en el mismo mes de diciembre, con grandes movilizaciones, porque en cualquiera de los dos casos ningún escenario futuro será ni idílico, ni fácil, ni cómodo. |
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Un
proyecto reaccionario 1-Es imprescindible comprenderlo. Al contrario de lo que a sus dirigentes y seguidores les gusta creer, el proyecto político bolivariano es un proyecto profundamente anacrónico, conservador y reaccionario. No hay nada, o hay poco, revolucionario en él. Si tratamos de entender por revolucionario, en la mejor acepción del término, un proyecto de transformación radical que apunte a la construcción de una sociedad más justa, próspera, productiva, equitativa y democrática. Nada de eso está en el núcleo fundamental de las creencias y las motivaciones que animan este proceso venezolano. El proyecto es anacrónico porque buena parte de sus nutrientes son figuras, pensadores e ideologías del siglo XIX, tomadas y utilizadas fuera de contexto y sin actualización. Desde los retazos inconexos de un marxismo elementalmente igualitarista, pasando por el culto al Bolívar militar y los próceres de la Independencia, hasta las formas más atrasadas de nacionalismo que los pensadores de avanzada de Europa y América han condenado como fuerza negativa generadora de exclusiones, xenofobias e intolerancias. Es conservador porque va a contracorriente de las ideas más progresistas de las democracias avanzadas tales como la necesidad de gobiernos en lo posible poco o nada presidencialistas ni personalistas, desconcentradores y descentralizadores del poder, respetuosos de las diferencias y a consideración a todo tipo de minorías, promotores de sociedades cada vez menos estatistas y generadores de políticas económicas enmarcadas en la idea de "tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario". Y es reaccionario, profundamente reaccionario, porque ha devuelto la sociedad venezolana a prácticas militaristas que creíamos superadas, a ejercicios de culto a la personalidad sólo comparables con las oficiadas por el estalinismo y el fascismo, y al uso de la violencia verbal --la del presidente y sus clones-y física --la de los camisarojas-como testimonio de la voluntad de satanizar la disidencia y la oposición desde la perspectiva metafísica del bien y del mal. 2-Por esta razón es saludable que identifiquemos con la mayor pertinencia posible qué es y qué no es el proyecto bolivariano. Y para ello es necesario que no nos dejemos engañar por la máscara que oculta el rostro, por la logorrea que esconde, maquilla y oscurece el verdadero espíritu del proyecto. No estamos ante un proyecto socialista, ni del siglo XX ni del XXI, como le gusta vender al Presidente. No estamos tampoco ante un calco del modelo cubano. Fundamentalmente porque seguimos siendo un vulgar capitalismo de Estado, una economía rentista, de mercado anómalo y redistributivista, y una sociedad consumista estructuralmente, por suerte, incapaz de deshacerse de los principios elementales de la propiedad privada. El proyecto político que, enderezando las cargas en el camino, ha venido construyéndose bajo el liderazgo autoritario de Hugo Chávez es un híbrido. La resultante de una mezcla de experiencias políticas ya padecidas en otros países de América Latina. Es la suma de la retórica igualitarista y el sistema de control policial del régimen cubano (pero no de su modelo económico); más las prácticas de control absoluto del poder realizado en el marco de la fachada democrática inventadas por el gobierno de Fujimori; más el ventajista y por siete décadas invencible aparato de control electoral del PRI mexicano, y; finalmente, más narcisista y mitómano mecanismo de promoción personal del presidente Menem. Esa y no otra es la verdadera naturaleza del régimen. 3-El bolivariano obviamente no es un proyecto democrático como el del Partido de los Trabajadores en Brasil, o la Concertación Democrática chilena. Con el sustrato ideológico ya descrito no puede serlo. En un sentido preciso, el chavismo necesita ser un autoritarismo. Por eso ha existido la lista de Tascón como instrumento de persecución, coacción y apartheid político. Por lo mismo, el ministro de Energía y Minas, Rafael Ramírez, puede impúdicamente dirigirse a los trabajadores de Pdvsa para "carajeralos" e intentar obligarlos a votar por el teniente coronel sin el más mínimo sentido de respeto a su condición de representante del pueblo --es decir, de toda la socie- dad venezolana en su conjunto--, y no de un sector político que hoy es gobierno pero mañana puede dejar de serlo. Y por eso en Mérida, en donde escribo esta columna, un hombre llamado Nelson Pulido, dirigente de la organización política Clase Media Revolucionaria, puede hacer algo tan terrorista y chantajista como declarar a la prensa que "si Chávez cae no quedará quien eche el cuento...aquí no quedará piedra sobre piedra" (Frontera, 2 de noviembre de 2006) La suerte está echada. El carácter autoritario, antidemocrático, intolerante y sectario del proyecto bolivariano ya cobró forma. Es una cultura. Una gramática. Una manera de actuar. Una enfermedad contagiosa. Un libreto rápidamente aprendido. Una lógica de desprecio por quienes no piensan como ellos. Escribo estas líneas luego de haber escuchado en medio de la realización del Festival de Cine Nacional de Mérida a un funcionario del régimen llamado Juan Carlos Lossada. Es el presidente de Amazonia Films, una distribuidora de cine gubernamental. Da miedo escucharlo. Habla desde la arrogancia. Un rictus de amargura y resentimiento le consume el rostro en contradicción con sus palabras en las que trata de ser amable y decirnos que todos en la sala donde estamos somos amigos. Trata de intimidarnos a los que, por ahora, somos sus gobernados, su audiencia: cineastas, escritores, actores, investigadores. Nos amenaza con "el pueblo". Nos reconoce el derecho de dialogar con ellos, con el poder, "pero sin chantaje" dice. Porque más importante que los cineastas es "el pueblo". Y el pueblo, ya lo sabemos, para la nueva elite en el poder no incluye los gremios, los sindicatos, las asociaciones civiles, las ONG, las federaciones estudiantiles, los profesionales de alto nivel, los especialistas, los grandes artistas. El pueblo es el que va a la avenida Bolívar, encamisado de rojo, y se expresa sin mediaciones a través de su líder, el Presidente de la república. El Presidente es el pueblo y el pueblo habla por la voz del Presidente. Con el populismo reaccionario hemos topado, incluso en el cine. |
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Las tortugas también vuelan
Lo mejor que nos puede pasar frente a una obra de arte, cualquiera que esta sea --una novela, una película, una representación teatral, una pintura, una escultura o una pieza musical-es que la misma nos conmueva profundamente. Nos deje sin aliento. Nos envuelva en su belleza inmensa. O, nos haga rabiar, entristecer o alegrar por los acontecimientos o situaciones que en ella se revelan. Lo mejor que nos puede ocurrir es que la obra nos saque de aquello que podríamos llamar la "anestesia" de la cotidianidad y nos obligue, aunque sea por segundos, a cambiar de canal y reformularnos nuestras maneras de apreciar y estar en el mundo y de relacionarnos con las maravillas y los horrores que el mismo nos reserva. Esa exactamente es la sensación que asedia al autor de estas líneas al salir de una sala de cine en donde se encontraba contemplando Las tortugas también vue lan, una película dirigida por el realizador kurdo iraní Bahman Ghobadi, ganador de la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián, España. A la película asistí impulsado por la opinión de algunos amigos que recién la habían visto y comentaban con el rostro perturbado cosas como: "Nunca antes me encontré con nada semejante"; "Desde que vi esa película no he dejado de pensar en lo extremadamente malos y crueles que podemos ser los seres humanos". Confieso que algunas de estas frases me resultaron un tanto exageradas, pero la visión de Las tor tugas también vuelan no ha hecho otra cosa que corroborar todo lo que sobre ella había escuchado y comenzar a creer que, efectivamente, es muy probable que sea este el film que con mayor claridad y sensibilidad me ha hecho entender y sentir --como si de un dolor fulminante en el abdomen se tratara-hasta qué punto degrada la violencia en general, y la guerra en particular, la calidad y la dignidad de la vida humana llevándola a desgarradores niveles de sufrimiento y humillación que muy pocas otras circunstancias pueden generar. La película, una producción iraní-iraquí, muestra la vida cotidiana en un remoto campamento de refugiados kurdos, en la frontera entre Irak y Turquía, durante los días en que se rumora como inminente el ataque de Estados Unidos contra Irak y la consecuente caída del régimen dictatorial de Saddam Hussein. El relato se desata en la búsqueda de una parabólica en el mercado negro para tratar de obtener noticias en la televisión internacional. Pero el film en verdad gira alrededor de la inmensa amargura de una niña kurda que ha quedado embarazada luego de ser brutalmente violada por un soldado del ejército iraquí y de su irrefrenable impulso por deshacerse del niño esposito y de terminar con su propia vida como mecanismo para liberarse del peso de vejación de la que ha sido objeto. La contraparte de Gira son dos figuras masculinas, adolescentes igual que ella. Satélite, un optimista niño prodigio, máximo líder de la banda de niños que corretea todo el día ente restos desechos de guerra en la búsqueda de minas antipersonal para desactivarlas y venderlas en el mercado clandestino y el único que sabe instalar las antenas de televisión. Y el hermano de la niña, un niño mutilado que tiene el don de predecir el futuro y anuncia la llegada de la guerra. En realidad, la anécdota es secundaria, y cualquier manera de describir la película con palabras, es insuficiente. Lo importante de este film es que construye una atmósfera en la que el espectador es colocado adentro mismo de la guerra a través de su parte más endeble, los niños, y de los efectos más fuertes, aquellos que ocurren no por las lesiones de las bombas o misiles, sino por las heridas que la miseria humana, que la guerra multiplica, deja en el alma de estos seres. Es una película de guerra pero no hay efectos especiales, bombas y estallidos que en sonido dolby o sensorround aturden al espectador y le hacen creer, como en el cine de Hollywood, que el horror es externo y los árabes malos. El tiempo y la manera no convencional de contar nos obligan a no distraernos de lo esencial: la tragedia interior. No hay batallas ni actos heroicos, sólo hay niños que desarraigados, pobres, mutilados y huérfanos se han visto obligados a convertirse en adultos sin tener edad suficiente para ello. Tampoco hay simplismo fanático antioccidental. La película muestra, es cierto, la desmesura imperial de la invasión estadounidense y los evidentes intereses estratégicos de la intervención internacional, pero no por ello deja pasar ni convertir en excusa los horrores dictatoriales del régimen de Hussein que, entre otras cosas, ha condenado a su población a la pobreza más extrema. En estos tiempos de arrogancias, intolerancias y negativas al diálogo como la de Bush y la de Irak o Corea; la de Hezbolá y el ataque a blancos civiles por parte de Israel en el Líbano; la de terroristas fanáticos combatiendo Estados terroristas; y la de aprendices de brujo, como el Presidente venezolano y su entorno, acelerando su carrera armamentista, con actitud provocadora y desesperación por entrar más temprano que tarde en un conflicto armado con Estados Unidos; no estaría mal que se convirtiera en tarea obligatoria para todos mirar este film en una sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Obras de arte como estas nos obligan a pensar que la humanidad y los ciudadanos concretos de cada país o región no podemos vivir de espaldas a un horror que se reproduce en muchos lugares del plantea, y debemos comenzar a plantearnos una lucha global contra la naturalización de la guerra y sus efectos tal y como está ocurriendo en nuestro país donde, en el más vulgar calco cubano, el gobierno ha puesto de moda el grito: "Patria o muerte". Patria y vida, suena mejor. Léalo en: www.el-nacional.com |
Malversador 1 Todo parece indicar que los venezolanos, tanto los oficialis tas como los opositores, no hemos evaluado en su justa medida el demoledor impacto que genera sobre nuestra economía, nuestra institucionalidad, y nuestra ética colectiva la práctica sistemática de otorgar "ayudas" a gobiernos, comunidades, movimientos políticos, empresas periodísticas, esco las de samba y personalidades públicas de fuera de las fronteras venezolanas oficiada, prácticamente desde que inició su gobierno, por el presidente Hugo Rafael Chávez. Es verdad que con bastante frecuencia se escuchan en los medios de comunicación voces que condenan severamente lo que a simple vista es una irresponsable desmesura, un delirio de magnate saudita, una saga de arrebatos personales e, incluso, un acto de ingenuidad profunda signado por la más insensata frivolidad. También, que en el humor popular esta actitud de nuevo rico atragantado de petróleo que intenta hacerse querer en el planeta entero a fuerza de repartir obsequios de alto valor ha generado una rica picaresca que, entre otras burlas, ha con vertido a Hugo Chávez en Don Regalón, la estrambótica imagen de una cadena comercial representada por un obeso rico de smoking y pumpá a quien le sobra el dinero y lo reparte a manos llenas. Y que en los sondeos de opinión, especialmente en los de tipo cualitativo, aparece de modo recurrente los síntomas del malestar que una buena parte de los electores siente ante este derroche de dinero arbitrariamente decidido por el Presidente de la República que contrasta groseramente con las penurias nacionales, el desempleo y la pobreza creciente, el deterioro inocultable de las cárceles y los hospitales, el feo y sucio rostro de nuestras ciudades, las ruinas de la infraestructura vial y los exponencialmente crecientes índices de inseguridad y de violencia. A la gente común, que por más esperanzas colocadas en el Presidente y su culto mesiánico no ha perdido definitivamente su capacidad crítica, le termina resultando un tanto sospechoso que en medio de una visita a Brasil, a éste le dé "una puntada" y decida transferirle millones de dólares a una escuela de samba de Río de Janeiro para lograr que utilicen como tema en el carnaval la ima gen de Simón Bolívar, o que en medio del delirio de Aló, Presidente nos informe que ha decidido regalarle millones de barriles de petróleo a Cuba, construirle al gobierno boliviano un conjunto de fuertes militares para vigilar sus fronteras, dotar de un sistemas de escuelas a una nación africana o dedicarse a limpiar la contaminación del río Hudson. Resulta que a nadie, salvo a los fanáticos obnubilados, le queda claro cuáles son los móviles y cuál la justificación ética para que estos gestos ocurran con el dinero de todos los venezolanos sin que nunca se nos haya realizado la más mínima consulta. 2 Lo más probable es que nadie, ni siquiera el mismo Presiden te de la República, conozca a ciencia cierta el monto total de lo que el país ha echado por la borda desde que comenzó este festín de dádivas internacionales. Pero según algunos diarios extranjeros, por lo menos según lo que afirma el Clarín de Buenos Aires, solamente en los gastos realizados para intentar captar los votos que Venezuela requería para asegurarse el puesto no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se supone que la cifra asciende a un millardo, ¡un millardo!, de dólares sin incluir los gastos generados por el Presidente y sus siempre fastuosas comitivas en el largo periplo proselitista que recientemente realizara por Europa, África y Asia repartiendo petrodólares y asegurando votos en el más importante organismo internacional. En realidad, y diciéndolo de la manera más objetiva y serena posible, el Presidente venezolano es un gran malversador y seguramente por esa condición, la de malversador, será implacablemente juzgado en el futuro una vez que tenga que abandonar, porque más temprano que tarde lo tendrá que hacer, su inquilinato en Miraflores. No será por mentiroso, que lo es y de la manera más impúdica que se haya conocido en el país; ni por vulgarmente irrespetuoso con sus oponentes, cualidad que el mundo entero terminó de comprobar en el costoso discurso de la Asamblea General de la ONU; sino por manirroto, malversador y despilfarrador de un dinero que no le pertenecía, que la nación venezolana alguna vez tendrá que poner tras las rejas a este gobernante alucinado. No olvidemos que por mucho, pero mucho menos que eso, Carlos Andrés Pérez en su segunda presidencia fue condenado por la Corte Suprema a unos meses de cárcel que, por razones de edad, se le permitió cumplir en su residencia. Si a Pérez se le encontró culpable de un delito por haber financiado con dinero de la partida secreta a Violeta Chamorro, por entonces candidata presidencial de Nicaragua, ¿de qué tamaño será entonces el castigo que aguarda al presidente Hugo Chávez? Probablemente no le alcanzará su vida entera, pues no sólo ha financiado campañas presidenciales y ha interferido abiertamente en procesos electorales de otros países, sino que ha regalado toneladas de petróleo a Cuba y a otros países del Caribe, al punto de que en una desbocada carrera por hacerse de un liderazgo internacional se presume que en total ha derrochado cerca de 16 millardos de dólares. Es decir, 35,3 millardos de bolívares, una cifra que cuesta imaginar. 3 Lo peor es que, como lo indica la primera derrota en las elecciones del Consejo de Seguridad, todo parece indicar que la descomunal inversión ni siquiera le ha sido rentable para su proyecto de convertirse en el gran líder sustituto de Fidel en la construcción de un renovado bloque antinorteamericano. Hugo Chávez se ha convertido en la peste, el contagio o como bien lo ha definido Pedro León Zapata, "la pava que camina por América latina". Su apoyo fue decisivo en las derrotas de Ollanta Humala en Perú y López Obrador en México. Su intervención en la Asamblea General de la ONU, la razón de la pérdida de los votos que se suponían asegurados para Venezuela. Y ahora, Correa, segundo en las elecciones presidenciales de Ecuador, de manera inteligente y previsiva se distancia de su apoyo a ver si logra superar a su contendor en la segunda vuelta. Todo es muy triste. Y muy pervertido. Esta manera de derrochar dinero en dádivas internacionales realizada desde una gran vanidad caudillesca nos hace cada vez menos país, ratifica los efectos negativos del presidencialismo y el personalismo, refuerza el prejuicio del venezolano de "burro pero con plata", convierte a la nación en un gran hato administrado por un jerarca caprichoso y, sobre todo, muestra en toda su crudeza la inexistencia de un proyecto nacional, la capacidad de improvisación, nuestra repetida tendencia a gobernar por ensayo y error. Trago amargo. |
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Acciones en baja Hace un poco más de una semana, los días 5 y 6 de octubre, el autor de estas líneas tuvo la oportunidad de participar como ponente en el 7º Foro de Biarritz, un encuentro de reflexión sobre el futuro de América Latina y sus relaciones con Europa, convocado por la alcaldía de la bella ciudad francesa y la Corporación Escenarios, una organización dirigida por el ex presidente colombiano Ernesto Samper. Para alguien no acostumbrado a este tipo de reuniones, el grupo allí congregado resultaba la mar de atractivo. Compartir la mesa de debates con un ex presidente --además de Samper, allí estaban Soares de Portugal; Mesa y Paz Zamora de Bolivia; Aylwin de Chile; Carazo de Costa Rica; Borja de Ecuador; De la Calle de Uruguay, más los enviados personales de la chilena Bachelet y el mexicano Calderón--, o escuchar a destacados dirigentes políticos, predominantemente socialdemócratas y socialistas, entre quienes brilló la presencia del venezolano Teodoro Petkoff, junto a intelectuales y académicos de la Unión Europea y América Latina, es una experiencia absolutamente enriquecedora. Con el aturdimiento y la excitación intelectual propia de quien ha escuchado un poco más de treinta intervenciones por día, me despedí de Biarritz con la contradictoria sensación de que si bien en el escenario latinoamericano no quedó duda alguna de que Venezuela se encuentra en la más compleja, polarizada y emocionalmente enrevesada de las situaciones políticas, una buena parte de los países restantes, con la notoria excepción de Chile, andan con su procesión por dentro nadando entre conflictos graves y represados que más temprano que tarde, todo depende del compromiso e inteligencia de sus liderazgos, podrían estallar con impredecibles consecuencias. Una primera gran conclusión que podemos extraer del contenido y tono promedio de las intervenciones realizadas en el evento es que la región latinoamericana se encuentra en una muy paradójica situación. Porque mientras, de una parte, exhibe lo que se puede definir como un gran momento: el hecho de tener como nunca antes en todos sus países, con la excepción de Cuba, gobiernos electos democráticamente; de la otra, comienza a descubrir el surgimiento y crecimiento de regímenes y tendencias que encarnan una gran amenaza para la convivencia democrática. Con la particularidad de que las amenazas no provienen ya de las tradicionales dictaduras militares (aunque en Bolivia, para nuestra desgracia, dicen que hay ruido de sables) sino de mecanismos menos "rústicos" de ejercicio totalitario del poder que igual anuncian la presencia de prácticas autoritarias que nos regresan a tiempos que alguna vez se creyeron superados. La región obviamente se halla en un momento de intensa transformación. En todas partes se hacen esfuerzos por recoger los platos rotos que por dos décadas dejaron los extremos gubernamentales que el ex presidente Samper calificó como "o neoliberales vergonzosos o populistas sinvergüenzas". Hay un retorno a la lucha política, una recuperación paulatina de los debates ideológicos y programáticos sobre el futuro de cada país, y una conciencia cada vez mayor de la imposibilidad de resolver los problemas nacionales si no se les piensa en un marco latinoamericano. Pero estos "reencantamientos" no necesariamente significan un salto hacia adelante. La preocupación más notoria es por el evidente retorno de la lógica autoritaria a cuyo frente muchos de los ponentes ubicaron al Presidente venezolano y a su alianza con los gobiernos de Castro y Morales. Así lo hizo saber, sin eufemismos de ninguna clase, Benita Ferrero Walden, la comisaria europea de relaciones exteriores, quien además de fustigar el factor de perturbación que representa el gobierno venezolano en las relaciones diplomáticas de la región, hizo énfasis en la idea de que no basta con que un presidente haya sido electo democráticamente para que pueda decirse que un país es democrático. "Las elecciones son sólo una parte, y no decisiva de la democracia" sostuvo la alta funcionaria conocida por sus fieras críticas al presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, considerado el último gobernante estalinista de Europa. Más tarde agregó la comisara lo que todos los demócratas más o menos sabemos pero el régimen bolivariano se empeña en desatender: que no hay democracia si no hay autonomía de poderes, alternancia de gobiernos, respeto a las minorías, pluralismo y consideración a la disidencia, y si se hace uso del sistema judicial para perseguir al opositor y criminalizar la protesta social o del aparato militar para coaccionar a los ciudadanos en función de un proyecto político determinado y no del interés de la nación en su conjunto. Otras situaciones críticas de América Latina son vistas como malas señales. La mexicana, generada por el desconocimiento por parte de López Obrador de los resultados electorales en los recientes comicios presidenciales, porque podría conducir a un largo proceso de caos institucional y revela la pérdida de fe de los ciudadanos en el poder electoral. La brasileña, por el impacto de los casos de corrupción del PT en los resultados de la primera ronda de la elección presidencial del pasado domingo, que pone en la mesa el problema del financiamiento de los partidos, especialmente de los llamados "progresistas", en toda la región. Y, la boliviana, desatada por la apertura de demasiados frentes simultáneos de conflicto y por los gestos de apresuramiento, intolerancia y sectarismo del gobierno de Evo Morales, en triste calco de los Hugo Chávez, que puede terminar convirtiendo en tragedia lo que, en un marco de pluralismo y reconciliación nacional, se hubiese convertido en importante proceso de reivindicación del pueblo indígena ejemplar para el resto de la región. Lo que va quedando claro en el escenario internacional es que en América Latina la lucha fundamental, que es básicamente contra la pobreza y la excusión social, ya no es entre derechas e izquierdas sino entre democracias y autoritarismos, entre discursos y prácticas plurales de convivencia y retóricas del odio y la supremacía moral, entre comprensión de la economía como hecho productivo con lógicas propias y su utilización como maniqueo instrumento proselitista manejable desde el Estado. Y en la medida que el dilema va quedando claro, las acciones del presidente Chávez caen drásticamente en la bolsa de la política internacional. Fue notorio en este evento cuando luego de la intervención de Benita Ferrero, Pierre Moscovici, vicepresidente del Parlamento Europeo (ex ministro del partido socialista, no de la derecha francesa) no sólo denunció frente a Eusebio Leal --importante autoridad cultural cubana, sentado en ese momento en el presidium-la violación sistemática de los derechos humanos en Cuba, sino que arremetió --también sin eufemismos-contra "la amenaza antidemocrática" encarnada por Chávez. Se está acabando la inocencia. La Europa de izquierda socialista comienza a descubrir el verdadero rostro del sacerdote del odio ahora travestido en profeta del amor. Porque los europeos, aunque no escuchen boleros, también lo saben: "Hay amores que matan". |
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PARLANCHINES INDIGNOS: NI CHÁVEZ, NI BUSH 1 Meses atrás, cuando apenas faltaban dos semanas para que se realizara la segunda vuelta electoral por la presidencia del Perú, las razones del azar me llevaron por una semana a la capital limeña. Para mi desgracia personal, como si de una pesadilla se tratara, la alegría de arribar a un país que aprecio se vio prontamente perturbada cuando, apenas pisé el aeropuerto de Chorillos, la imagen de Hugo Rafael Chávez, el actual presidente de Venezuela, comenzó a perseguirme. Primero, desde una revista abandonada en una silla que desplegaba en su portada una caricatura de King Kong con nuestro Presidente colocado en su hombro, acompañada de un titular inmenso que rezaba: "Hugorila ataca de nuevo". Luego, en la conversación del taxista, quien apenas identificó mi acento comenzó a quejarse del trato grosero del teniente coronel de Sabaneta contra la figura de Alan García. Y, horas más tarde cuando, ¡susto!, mientras descansaba en el hotel, apenas encendí el televisor apareció de inmediato la imagen del "gran hablador". Fue el peor momento. Lo que ocurría en pantalla era la transmisión de un documental venezolano, Un pueblo bajo sospecha se titula, mediante el cual la asociación civil Ciudadanía Activa documenta fehacientemente el denigrante fenómeno de persecución a ciudadanos por creencias políticas que representó la tristemente famosa lista de Tascón. Por razones de extensión, el documental se transmitiría en dos sesiones. La de esa noche concluía en el momento en que Chávez, en medio de su programa dominical Aló, Presidente, se dirige a ese extravío legislativo llamado Luis Tascón y le pregunta, con un humillante y despectivo tono burlón: "Bueno Luis, me imagino que yo no estoy en esa lista, porque no me quiero quedar sin trabajo". Entonces la guapa y joven conductora del magazine peruano, obviamente alguien que odia profundamente a nuestro logorréico gobernante, entra en escena y dice algo así como: "Qué ser humano tan asqueroso, qué tristeza que los venezolanos que son tan agradables tengan que soportar este engendro ¡Señor director, le pido que corte porque tengo ganas de vomitar y es de muy mala educación hacerlo frente a las cámaras!". Debo confesar que el desplante me perturbó. Por más rechazo que la imagen y proverbial mala educación del teniente coronel Hugo Chávez Frías genere en mi persona, se trataba de un compatriota y del Presidente de mi país agredido de una manera que me resultó un tanto excesiva. Pero de inmediato recordé la molestia del taxista ante los vulgares ataques del Presidente venezolano a un ex presidente peruano, recordé todas las cosas desagradables y soeces que hemos tenido que escucharle desde que pernocta en Miraflores y me dije a mí mismo, para tranquilizarme y dormir en paz en mi primera noche de retorno al Perú: "Cada quien cosecha lo que siembra". 2 Viene al caso este recuerdo porque a lo largo de esta semana hemos visto de nuevo al Presidente de Venezuela ejerciendo su oficio de impertinente y mal educado camorrero verbal, vomitando insultos desde la más alta palestra internacional y recibiendo a cambio una andanada de epítetos similares en el tono y en la ira a los de aquella noche de la televisión peruana. No citemos lo que de su intervención en la Asamblea General de la ONU ha dicho la prensa estadounidense, The New York Times, The Washington Post, partiendo de la muy obvia idea de que en sus páginas se defienden los intereses de su país. Pero una mirada general a lo que se ha declarado y escrito en Europa o América Latina, nos muestra en qué medida el Presidente venezolano convoca un tipo de reacción tan irrespetuosa y hostil como la que él mismo ejercita. En un editorial del pasado jueves El País de Uruguay lo ha definido como "el parlanchín mandatario caribeño" que usa irresponsablemente el conflicto con Estados Unidos para reforzar su campaña electoral. La comisaria europea de Relaciones Exteriores, Benita FerreroWaldner, consideró "indigna" la intervención del Presidente. Meses atrás, Alan García se divirtió llamándolo sinvergüenza, por condenar a los países que firman tratados de libre comercio mientras el suyo comercia libre y desmedidamente el petróleo con Estados Unidos. Y el mismo ex presidente Clinton, férreo opositor de las políticas de Bush, a propósito de la intervención de Nueva York, dejó caer con sabiduría la idea de que "el problema con este tipo de política divisiva es que uno no sabe dónde acaba". 3 Y ese, efectivamente, es el problema que tenemos los vene zolanos del presente. El hombre que nos gobierna es del mismo tenor --autoritario, fanático, intolerante, belicista, narciso, alucinado e históricamente irresponsable-que el presidente Bush. Y como Estados Unidos, tampoco nosotros sabemos a dónde vamos a parar, en qué conflictos internacionales terminaremos involucrados por el capricho guerrerista y la borrachera ideológica de un líder a quien le importa más su proyección internacional que la reconstrucción de su país. Lo de esta semana ha sido grave. Nunca antes el refrán de "más peligroso que mono con hojilla" ha tenido tanta pertinencia. Sólo que esta vez no es una hojilla sino millones de barriles de petróleo que están puestos al servicio de una obsesión personal. Tampoco había sido tan pertinente la frase "Dios los cría y ellos se juntan". Hacía tiempo que en el mundo no había tantas personalidades autoritarias dirigiendo sus países, poniendo en escena de confrontación una gama de intolerancias de tan diverso cuño --iraníes, estadounidenses, bielorrusas, judías, venezolanas-que hacen el futuro cada vez más opaco. Especialmente para aquellas naciones en donde el fanatismo --religioso, político o económico-es el combustible adictivo que mueve las energías psíquicas de los grupos en el poder. |
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LA VIOLENCIA CAMISARROJA
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Antipolítica y fatiga democrática Tulio Hernández El Nacional 1 El término "antipolítica" hizo su aparición a finales de los años 80 del siglo XX para designar la emergencia de nuevas formas de liderazgo en las que grupos y personajes ajenos a la actividad política tradicional, amparados en un discurso basado en la descalificación de los partidos y del oficio del político profesional, entraban en escena por la puerta grande de los resultados electorales arribando a la presidencia de la república y a otros cargos de importancia gracias al apoyo entusiasta de ciudadanos para entonces desilusionados con la incapacidad de los gobernantes y sus ideologías. Figuras como la de Alberto Fujimori en Perú, Collor de Melo en Brasil, Abdalá Bucarám en Ecuador, que saliendo prácticamente del anonimato alcanzaron sorpresivamente la presidencia de la república de sus respectivos países a través de campañas inusuales --Fujimori recorriendo el país en un tractor, Collor amparado en la imagen de ejecutivo yuppi, bronceado y bien vestido, Bucaram, el "Loco", haciendo de showman-se convirtieron en imágenes emblemáticas de un proceso que mostraba la fatiga colectiva. Venezuela no quedó al margen de este fenómeno. Cuando el año 1997 fenecía y el país se preparaba para las elecciones presidenciales de diciembre del año siguiente, según todas las encuestas los venezolanos se debatían entre una ex miss universo --introducida a la política a través de una experiencia de laboratorio-y un teniente coronel ex golpista que recién había salido de la cárcel de Yare. Como bien sabemos, el entusiasmo por la antipolítica le resultó muy costosa a todos estos países. Collor fue obligado a renunciar luego de grotescos escándalos de corrupción. A Bucarám lo echaron prácticamente a patadas las multitudes enardecidas en las calles de Quito. Y el Perú tuvo que soportar por una década el régimen neoautoritario corrupto y militarista --antecedente directo del proyecto bolivariano--, que Fujimori instauró dejando un largo y doloroso rastro de sangre cuyas dimensiones reales recién se terminan de entender. 2 Han pasado unos cuantos años de la emergencia de estos fenómenos, en la mayoría de los países de América Latina la antipolítica no es ya más que un recuerdo, y la política. Los outsiders ya no están de moda. Figuras como Lula, Bachelet, Tabaré, Uribe, Calderón, Morales, García --presidentes electos de sus respectivos países-son todos, sin excepción, líderes que fueron construyendo con persistencia su carrera y desde muy jóvenes se entrenaron en las artes de la política y en el ejercicio de la democracia pasando por cargos diversos que van desde jefes de sindicatos o partidos hasta ministros, alcaldes, gobernadores e, incluso, como en el caso de Alan García, presidentes de la república. Además, en los países que presiden, con la excepción de Colombia, no existe una determinada fuerza política o liderazgo personal que se imponga de manera arrolladora sobre los demás. Por el contrario, en cada uno de ellos conviven dos o tres organizaciones que --a la manera del PAN, el PRI, y el PRD en México; o de la Alianza Unidad Nacional, el APRA, y la UPP en el Perú--, encarnan un equilibrio entre derecha, centro e izquierda expresado en resultados muy parejos que obliga generalmente, en los países donde ella existe, a una segunda vuelta electoral para lograr la elección del presidente o genera empates técnicos como el recientemente ocurrido entre Calderón y López Obrador. 3 El único país de la región donde los efectos embriagantes de la antipolítica siguen con vida y donde el retorno a la política democrática y a una cartografía ideológica más o menos clara aún no ha ocurrido, es Venezuela. Desde 1993, cuando el bipartidismo recibió su estocada final con el gesto épico de nuestro dios Cronos local --el presidente Rafael Caldera devorándose a su partido hijo-hasta el presente, variados subproductos de la antipolítica son componentes fundamentales del conflicto social que padecemos. El más importante es el personalismo. Los actores antipolíticos, señalan lo estudiosos, son el resultado de una crisis de desconfianza profunda en lo colectivo, son criaturas de la propia democracia alimentadas por sus crisis circunstanciales o estructurales. Por esta razón, el outsider generalmente termina utilizando las instituciones democráticas a favor de una extrema personalización de la política. Al carecer de organizaciones que los regulen y control en el actor antipolítico, como muy bien lo describió hace una década el boliviano René Antonio Mayorga en su libro Anti- político y neopopulismo, "se transfigura como encarnación y símbolo superior de la voluntad popular. De allí que la antipolítica aparezca íntimamente asociada al neopopulismo: una modalidad de legitimación centrada en el líder `orgánico’ y hostil al principio de la representación política". En Venezuela parece que resulta muy difícil entender esto. Desesperados por la adversa realidad que nos rodea, en vez de concentrarnos en el ataque profundo, radical y de largo aliento a los problemas que padecemos, reincidimos en la idea de buscar un salvador y postergamos la necesidad imperiosa de construir un proyecto político. El reciente entusiasmo que genera la probable candidatura presidencial del humorista Benjamín Rausseo, alias el Conde del Guácharo, así lo demuestra. Es el mismo entusiasmo que en los albores de 2002 suscitaban los oficiales protagonistas del golpe "mediático y goteado". O la fascinación que producía en amplios sectores de las clases medias algunos dirigentes de Gente de Petróleo en los tiempos del paro petrolero por entonces vislumbrados como seguros ocupantes futuros de Miraflores. Trato de ser comprensivo. Intento mirar, incluso con cierto candor y generosidad, esta especie de ingenuidad infantil que con tanta frecuencia nos invade. Me obligo a recordar que la política no es un acto racional. Y sin embargo no puedo dejar de preocuparme por un país cuyas última grandes opciones a la presidencia hayan sido una ex miss universo, un ex golpista y, ahora, un humorista a la que la gente le asigna como virtud "venir de abajo", "ser buen gerente", y tener la capacidad para "burlarse de Chávez en su mismo lenguaje". No tengo nada personal contra estos oficios, son dignos y respetables, pero sí creo que el ejercicio del poder en democracia requiere, de un mínimo de formación, capacitación y entrenamiento que la buena voluntad no puede sustituir. No me queda duda alguna de que estamos otra vez apostando al corto plazo y alimentándonos de un fast food político que posterga otra vez, como el golpe de Carmona, como el paro petrolero, como la sobrecarga ideológica belicista y populista del presidente Chávez las grandes tareas de la reconstrucción democrática. |
Siete Días - El Nacional - Domingo 28 de Mayo de 2006La impotencia urbana
TULIO
HERNÁNDEZ A
Carlos Cruz Diez Muchas ciudades latinoamericanas viven alentadores momentos de recuperación. Es lo que ocurre, ya lo hemos dicho, en la vecina Bogotá con su proyecto de cultura ciudadana en marcha. También en la costera Guayaquil, impactada para bien por una reforma urbana que incluye un nuevo malecón. O en el Quito colonial, con su casco histórico hermosamente restaurado. Incluso, lo pudimos presenciar hace muy poco, en la en otro tiempo desahuciada Lima, que hoy muestra un rostro cada vez más amable no sólo en los clásicos barrios de Miraflores y San Isidro sino en la propia plaza San Martín, su corazón tradicional. Hay ciudades, como Curitiba, que se han convertido en leyenda y modelo por la capacidad y eficiencia de sus gobernantes, o como Managua que exhibe una floreciente vitalidad constructora. Hay otras, como Salvador de Bahía que, a pesar de sus grandes cinturones de miseria, resultan siempre gratas de recordar por la integración entre el mar y el espacio construido y por el intenso encuentro, sin contradicciones, de la ciudad colonial con la de la modernidad. Y existen, para finalizar, algunas como Buenos Aires, cuya belleza infinita no cede a los embates del autoritarismo o de las severas crisis económicas que ha padecido la nación argentina y sobreviven siempre con un halo de sobriedad y elegancia. Sólo Caracas no mejora. O, digámoslo con más precisión, sólo Caracas no hace otra cosa que empeorar. Salvo pequeñas señales —los gestos restauradores de Fundapatrimonio, las intervenciones urbanísticas en Chacao, la preocupación planificadora del futuro en algunos lugares de Baruta— la ciudad que habitamos no sólo no ha logrado resolver los problemas estructurales que la forma como creció en los años 1950 y 1960 le dejaron como mala herencia, sino que a medida que pasan los años ve cómo se instalan en ella nuevas formas del caos y como la parte de ciudad buena, consolidada y generosa, aquella que se había logrado construir con calidad, comienza a perderse devorada por la desidia. Es como una guerra en la que lentamente una de las ciudades — la informal, la caótica, la no consolidada, la de la barbarie de la economía informal, la de la basura acumulada, la que presencia la destrucción sistemática del mobiliario urbano, la de la mugre y la pestilencia a orines y a excrementos, la de los indigentes y los loquitos, la del martirio de la inseguridad y la muerte— va carcomiendo a la otra la que alguna vez fue limpia y pulcra, como los pasillos, plazas y túneles del centro Simón Bolívar; sosegada y auspiciante del paseo amable y el diálogo generoso, como el bulevar de Sabana Grande; o cosmopolita y vital, como el Parque Central. Y la destrucción ocurre ante nuestros ojos y la de los gobernantes nacionales y de los municipios más pobres de Caracas que henchidos de populismo igualitarista van imponiendo una ética que hace culto del campo y castiga la ciudad suponiendo, por ejemplo, que es más importante el eje Apure-Orinoco que la belleza y la salubridad de los lugares públicos urbanos, seguramente vistos como valores burgueses. Por eso mientras el dinero del petróleo se escurre en las campañas electorales de otros países, nuestra ciudad se va llenando de ruinas precoces. Donde hace treinta o cuarenta años iban los niños y sus padres a fotografiarse en el carnaval —pienso en la plaza Diego Ibarra del Centro Simón Bolívar— hoy sólo quedan decenas de ranchos de metal, atornillados al otrora hermoso piso de mármol, en esas especie de supermercado informal en el que ha quedado convertido el lugar. En La Carlota, donde una hermosa pieza esférica creada por Jesús Soto, por ironía bautizada Homenaje a Caracas, flotaba en el aire con sus colores cinéticamente vibrantes, hoy sólo quedan como guindajos del abandono los hilos de donde antes pendían las varillas de aluminio que conformaban la obra, sustraídas una a una por los “recogelatas” que transitan desarmando la ciudad. Donde alguna vez bailaron al viento las piezas felices del Abra Solar de Alejandro Otero, hoy sólo queda una oxidada estructura, triste y abandonada —muerta—, como testimonio vergonzoso de la desidia colectiva. Y donde antes se erigía la figura del Cristóbal Colón del Golfo Triste, de Rafael de la Cova, unos metros más allá en la misma plaza, hoy sólo sobrevive su pedestal como recuerdo acusador a la intolerancia del grupo de vándalos que la derribara el 12 de octubre de 2004 para llevársela luego, como ofrenda o como botín de guerra, al Presidente de la república. Podríamos enumerar ruinas por horas. Porque el pasado miércoles 24, mientras conversábamos en un taller de la Cátedra Permanente de Imágenes Urbanas, en la Fundación Previsora, con el maestro Carlos Cruz Diez, se nos hizo evidente el hecho de que una de las riquezas urbanas más agredidas en Caracas ha sido precisamente el arte monumental con el que una destacada generación de artistas plásticos enriqueció a la ciudad. Después de escuchar las reflexiones de Cruz Diez sobre las obras que ha realizado en plazas, aeropuertos, terminales del metro y de trenes, calles y avenidas de diversas ciudades del mundo se hizo inevitable pensar en la sistemática destrucción que han vivido esas obras en Caracas, incluyendo las suyas. Aparte de las ya mencionadas, William Niño nos ayudó a recordar aquella tarde que abandonadas se encuentran también la Fisicromía Andrés Bello y la Cromosaturación del río Guaire, ambas de Cruz Diez; vandalizada por los propios dueños, el Faro de Gego en el Centro Comercial Cedíaz y, además del Abra Solar, destruida también se encuentra la Torre Solar de Alejandro Otero, ubicada originalmente en los predios del Hotel Caracas Hilton, y la escultura de Jesús Soto en el edificio de la torre Phelps. Me pregunto: ¿qué puede estar ocurriendo en las mentes y los afectos de las gentes, los dirigentes y los gobernantes de una ciudad que no es capaz siquiera de preservar lo mejor del arte que mejor define un importante período de su historia ni de honrar la memoria y la presencia de sus grandes creadores? La mayor parte de obras abandonadas son expresiones de una estética acusada por algunos fanáticos de ser “un arte extranjero que no representa nuestras raíces nacionales”. Podría ocurrir que estemos ante una operación —ya intencional ya inconsciente— de discriminación o desprecio ideológico del arte de nuestra modernidad. O, tal vez, estemos simplemente ante un gesto de ignorancia y desidia, la misma con que se dejan perder calles, edificios, bulevares. En cualquier caso, estas ruinas precoces nos avergüenzan y convierten cualquier retórica de defensa de nuestros “valores” en una simple y vacua demagogia. El tema convoca a una acción de urgencia en la que el Instituto de Patrimonio Cultural, los museos nacionales de artes, las alcaldías, los artistas, las fundaciones privadas y, sobre todo, los artistas y los ciudadanos tienen mucho por hacer y decir. Cruz Diez trató de darnos aliento sentenciando aquella tarde que “la estupidez es transitoria” y que todo debería cambiar muy pronto. Ojalá que sí. Que llegue el día cuando podamos visitar otras ciudades sin sentir frustración y tristeza por aquella en donde vivimos. |
Siete Días - El Nacional - Domingo 21 de Mayo de 2006¿Entre la peste y el cólera?
TULIO HERNÁNDEZ Recién llegando a
la ciudad de Lima el pasado martes 16 le solicité a un amigo peruano su
opinión sobre quién, entre Alan García y Ollanta Humala, ganaría las
elecciones presidenciales del próximo 4 de junio. Sin pensarlo dos veces
me respondió: “Es
igual, al final del día los peruanos estaremos escogiendo entre la peste
y el cólera”. A García más
bien se le desprecia. Por
eso, a pesar de la amenaza que Humala representa, no todos los que le
adversan optarán automáticamente por su opositor. Dado
que en Perú el voto es obligatorio, una parte, calculada entre 6% y 10%
votará nulo o “viciado”, como llaman aquí garabatear el tarjetón
electoral para expresar el descontento. Otra, la mayoritaria, votará por
García. Unos, con la esperanza de que el líder aprista regresará a
reivindicarse históricamente, y los demás con el pañuelo en la nariz,
ya para frenar a Humala e impedir la “venezolanización” de Perú, ya
en acto de claro rechazo a la injerencia del presidente Chávez en los
asuntos internos de su país. |
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La lengua sucia “Hugo... rila ruge de nuevo” Titular de El Correo de Lima (a propósito de los insultos a Alan García) acompañado de un retrato de King Kong. “Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje”. ... Reflexiones del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein TULIO HERNÁNDEZ -------------------------------------------------------------------------------- Es una coincidencia infeliz que en el mismo país natal de Andrés Bello, el gran estudioso del español de América, autor de la primera gramática concebida de este otro lado del Atlántico, tengamos que padecer hoy en día como imagen nacional el uso procaz, pugnaz, insultante, despectivo y abiertamente vulgar y deformante del idioma castellano oficiado por el presidente Hugo Chávez como instrumento estratégico y ejercicio cotidiano. La amenaza que representa la decadencia de la lengua en tanto expresión de un empobrecimiento del espíritu y capacidad de pensamiento de una persona o de un país, aquello que angustió por mucho tiempo a Arturo Uslar Pietri, y lo que el poeta Rafael Cadenas alertó con preocupación en su lúcido ensayo En torno al lenguaje, no sólo está ocurriendo desde hace mucho tiempo ante nuestros ojos sino que ahora ha encontrado en la lengua sucia del Presidente de la República un gran espaldarazo y un lesivo modelo entusiastamente imitados por sus seguidores. Tomo prestado el calificativo de un ensayo escrito y publicado por Uslar Pietri en 1955, titulado efectivamente así: “La lengua sucia”. De la existencia de este ensayo nos hemos enterado gracias a un no menos lúcido texto que, bajo el título Uslar Pietri, el escritor filólogo, fue publicado por el académico de la lengua Francisco Javier Pérez en el Papel Literario de El Nacional del pasado 22 de abril. En aquel escrito, el autor de Las lanzas coloradas expresa su angustia por la decadencia venezolana en el uso del lenguaje y formula un diagnóstico que, si alguien lo lee sin advertir su fecha de publicación, puede creer fácilmente que se trata de una descripción del habla de nuestro Presidente. “La palabrota que ensucia la lengua termina por ensuciar el espíritu”, escribe Uslar. Y luego agrega: “Quien habla como un patán terminará por pensar como un patán y por obrar como un patán. Hay una estrecha e indisoluble relación entre la palabra, el pensamiento y la acción. No se puede pensar limpiamente, ni ejecutar con honradez, lo que se expresa en los peores términos soeces. Es la palabra la que crea el clima del pensamiento y las condiciones de la acción”. Como si se tratara de un gesto premonitorio, no había pasado una semana de la publicación del artículo, cuando el presidente Chávez tuvo uno de sus arrebatos coléricos y a los minutos la prensa internacional recogía la sarta de agresivos adjetivos con los cuales atacó al ex presidente peruano Alan García. Tan duros fueron los epítetos, tan impropios de un estadista, tan desconsiderados con una figura pública de otra nación, y tan mal ejemplo para los jóvenes de cualquier lugar del mundo, que el Perú entero, incluyendo a la larga al propio candidato Humala, rechazaron la grosera injerencia del teniente coronel en los asuntos internos de su país. Una figura tan cuestionada y tan cuestionable como Alan García, un populista de la misma raigambre que el Presidente venezolano, sólo que demócrata y civil, terminó así recibiendo una cerrada solidaridad incluso de sus más feroces críticos gracias al desplante visceral. Tan grande fue la indignación, que el cardenal de Lima, Juan Luis Cipriani, afirmó sin titubeos: “No hay antecedentes en la historia de nuestro continente de un lenguaje que maltrate de una manera tan baja a un ciudadano peruano”. Hay cosas que ya sabemos. Que los insultos de Hugo Chávez no son meros arrebatos de mal humor sino que forman parte de una estrategia cuidadosamente pensada para crear una hipertensión emocional que neurotice el debate político, contribuya a la construcción de un mundo en blanco y negro, de buenos y malos, e impida —tanto en lo interno como a escala internacional— que el debate político se articule en torno a algo que no sea su propia figura. Sabemos también que la práctica de la descalificación personal —Fox es un cachorro del imperialismo; Bus, un borracho; Rice, una insatisfecha sexual; Toledo, un mediocre; Uribe, un blandengue; Alan García, un cabrón; Carlos Menem, un bastardo; los obispos venezolanos, demonios con sotanas y así sucesivamente— forma parte de toda estrategia autoritaria que consiste en el intento de aniquilar moralmente al contendor, convirtiéndolo en enemigo, intentando despojarlo de su humanidad, execrándolo simbólicamente de la comunidad política para de ese modo justificar las agresiones de cualquier naturaleza, incluyendo las físicas, necesarios para su eliminación del camino. Pero lo que Chávez seguramente desconoce, y peor aún, que los hombres de letras que lo acompañan, alguno de ellos excelentes poetas, probablemente olvidan a propósito (ya que jamás hemos leído una reflexión suya sobre el tema) es que el lenguaje no es inocente ni neutro ni inocuo. Todo lo contrario. Como bien lo recuerda Francisco Javier Pérez en su ensayo, apoyándose en las reflexiones de filósofo vienés Ludwig Wittgenstein, el tamaño y la riqueza del mundo de una persona —pero también de un colectivo— están absolutamente asociados al tamaño y la riqueza de su lenguaje. Lo que podemos decir de otra manera: las propensiones hacia la paz o hacia la guerra, hacía la convivencia respetuosa o hacia el odio infinito de una persona o un colectivo están absolutamente asociados a la naturaleza del lenguaje que domina en su habla y su discurso. No habrá convivencia respetuosa en Venezuela, diálogo sincero, ni pluralismo real mientras la figura única y mayor del proyecto bolivariano concentre su energía en hacer tan particular uso del lenguaje, instrumento fundamental para construir la realidad, para nombrarla y darle forma, para hacerla intelegible y, sobre todo, para construir o destruir afectos y dignidades. No lo olvidemos, es la palabra la que crea el clima del pensamiento, las condiciones de la acción y el comienzo o el fin de la guerra o de la convivencia. |
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La Misión Odio
TULIO HERNÁNDEZ
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